El Buen Vivir como alternativa al desarrollo. Algunas reflexiones económicas y no tan económicas

Revista R

Quito, 31 de julio de 2014

Por Alberto Acosta[1]

 

 

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados.

Alejo Carpentier

 

 

A lo largo del tiempo, América Latina ha cuestionado el concepto convencional de desarrollo, como una suerte de ejercicio permanente de resistencia, que hoy se refuerza con un interesante proceso de reinterpretación de sus orígenes. Por un lado, se mantiene y recupera una tradición histórica de críticas y cuestionamientos que fueron elaborados y presentados desde esta región hace mucho tiempo atrás, pero que quedaron rezagados y amenazados de olvido. Por otro lado, afloran otras concepciones, sobre todo originarias, propias de los pueblos y nacionalidades ancestrales del Abya Yala (Nuestra América, diría José Martí), así como también provenientes de otras regiones de la Tierra.

 

En este punto reconozcamos que, mientras buena parte de las posturas sobre el desarrollo e incluso muchas de las corrientes críticas se desenvuelven dentro de los saberes occidentales propios de la Modernidad, las propuestas latinoamericanas más recientes escapan a esos límites.

 

En efecto, estas propuestas recuperan posturas que son parte de los conocimientos y saberes de los pueblos y nacionalidades ancestrales. Sus expresiones más conocidas nos remiten a las constituciones de Ecuador y Bolivia; en el primer caso es el Buen Vivir o sumak kawsay (en kichwa), y en el segundo, en particular el Vivir Bien o suma qamaña (en aymara) y también sumak kawsay (en quechua). Existen nociones similares (mas no idénticamente iguales) en otros pueblos indígenas, como los Mapuche (Chile), los Guaraní de Bolivia y Paraguay, los Kuna (Panamá), los Achuar (Amazonía ecuatoriana), pero también en la tradición Maya (Guatemala), en Chiapas (México), entre otros.

 

A más de estas visiones del Abya-Yala hay otras muchas aproximaciones a pensamientos filosóficos de alguna manera emparentados con la búsqueda del Buen Vivir desde visiones filosóficas incluyentes en diversas partes del planeta. El sumak kawsay, en tanto cultura de la vida, con diversos nombres y variedades, ha sido conocido y practicado en distintos períodos en las diferentes regiones de la Madre Tierra, como podría ser el Ubuntu en África o la Civilización de la Selva en la India. Aunque se le puede considerar como uno de los pilares de la cuestionada civilización occidental, en este esfuerzo colectivo por reconstruir/construir un rompecabezas de elementos sustentadores de nuevas formas de organizar la vida, se pueden recuperar incluso algunos elementos de la “vida buena” de Aristóteles.

 

El Buen Vivir, entonces, no es una originalidad ni una novelería de los procesos políticos de inicios del siglo XXI en los países andinos. Los pueblos y nacionalidades ancestrales del Abya-Yala no son los únicos portadores de estas propuestas. El Buen Vivir forma parte de una larga búsqueda de alternativas de vida fraguadas en el calor de las luchas de la Humanidad por la emancipación y la vida.

 

Una propuesta desde la periferia del mundo

 

El Buen Vivir, en tanto sumatoria de prácticas vivenciales, muchas de ellas de resistencia a la realmente larga noche colonial y sus secuelas todavía vigentes, es aún un modo de vida en muchas comunidades, que no han sido totalmente absorbidas por la modernidad capitalista o que han resuelto mantenerse al margen de ella. Sus saberes comunitarios, muchos de ellos ancestrales –esto es lo que cuenta–, constituyen la base para imaginar y pensar un mundo diferente como un camino para cambiar éste.

 

En realidad para hablar del Buen Vivir o sumak kaysay hay que recurrir a las experiencias, visiones y propuestas de aquellos pueblos –dentro y fuera del mundo andino y amazónico– empeñados en vivir en armonía entre sí y con la Naturaleza, poseedores de una historia larga y profunda, todavía bastante desconocida e incluso marginada. Tengamos presente que los pueblos indígenas no son premodernos, ni atrasados. Sus valores, experiencias y prácticas sintetizan una civilización viva, que ha enfrentado los problemas de la Modernidad colonial. Han sido capaces de apropiarse de sus recursos para resistir a su propia manera un colonialismo que dura ya más de quinientos años, llegando incluso a imaginar un futuro distinto al actual, que bien puede nutrir los debates globales, como veremos más adelante.

 

Dicha armonía, de ninguna manera, puede llevar a creer en la posibilidad de un futuro paraíso armonioso carente de conflictos. En las sociedades humanas habrá siempre contradicciones y tensiones, inclusive en su relacionamiento con el entorno natural. Una situación que se ha exacerbado peligrosamente con la civilización capitalista.

 

No hay forma de escribir sobre esta cuestión a partir de un reducto académico aislado de los procesos sociales, es decir sin nutrirse de las experiencias y luchas del mundo indígena y de otras que empiezan a surgir incluso en las metrópolis de latinoamérica; un mundo que no solo se encuentra en los Andes y en la Amazonia. Entonces, estas líneas, en las que la responsabilidad las asume íntegramente el autor, no constituyen un producto de autoría individual. Y menos aún pueden ser entendidas como verdades reveladas. Con este modesto aporte se pretende seguir echando leña en el fuego del debate. Y también se quiere dar algunas luces para la acción.

 

De todas maneras, siempre será un problema comprobar lo que es y lo que representa un saber ancestral cuando probablemente lo que se presenta como tal no es realmente ancestral, ni hay modo de corroborarlo. Las culturas son tan heterogéneas en su interior que puede resultar injusto hablar de nuestra cultura como prueba de que lo que uno dice es correcto. Además, la historia de la humanidad es la historia de los intercambios culturales y, como bien vio José María Arguedas, eso también se aplica a las comunidades originarias americanas. Es imperioso, de todos modos, recuperar las prácticas y vivencias de las comunidades indígenas, asumiéndolas tal como son, sin llegar a idealizarlas.

 

Lo destacable y profundo de estas propuestas es que nos invitan a romper de raíz con varios conceptos asumidos como indiscutibles, empezando por el concepto tradicional de progreso y desarrollo.

 

Una alternativa al desarrollo, no una alternativa de desarrollo

 

El Buen Vivir plantea una cosmovisión diferente a la occidental al surgir de raíces comunitarias no capitalistas. Rompe por igual con las lógicas antropocéntricas del capitalismo en tanto civilización dominante y también de los diversos socialismos realmente existentes hasta ahora.

 

La propuesta del desarrollo, surgida desde la lógica del progreso civilizatorio de occidente estableció una compleja serie de dicotomías de dominación: desarrollado-subdesarrollado, avanzado-atrasado, rico-pobre, superior-inferior, centro-periferia, … Así cobró nueva fuerza la antigua dicotomía salvaje-civilizado, que se introdujo de manera violenta hace más de cinco siglos en América con la conquista europea.

 

En ese contexto de proyecciones globales, propio del sistema capitalista, se plasma la estructura dominante de la actual civilización. La institucionalización global de la dicotomía superior-inferior implicó el surgimiento de la colonialidad del poder, y a la par, la manifestación de la colonialidad del saber y la colonialidad del ser. Dicha colonialidad, vigente hasta nuestros días, no es solo un recuerdo del pasado. Explica la actual organización del mundo en su conjunto, en tanto punto fundamental en la agenda de la Modernidad, como anota con justeza Aníbal Quijano.[2]

 

En concreto, a lo largo y ancho del planeta, las sociedades fueron y continúan siendo reordenadas para adaptarse al “desarrollo”. El desarrollo se transformó en el destino común de la humanidad, una obligación innegociable. Y cuando los problemas comenzaron a minar nuestra fe en el desarrollo, empezamos a buscar alternativas de desarrollo, le pusimos apellidos para diferenciarlo de lo que nos incomodaba, pero seguimos por la misma la senda: desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo rural, desarrollo sostenible o sustentable, ecodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo global… desarrollo al fin y al cabo.

 

Es por esto que los conceptos se llegan a confundir. Desde fines de los años noventa, con el aparecimiento de la teoría del socialismo del siglo XXI, que llevada a la práctica gubernamental, no fue más que un burdo proceso de renovación del capital, la idea de progreso, por ejemplo, vino acompañada de una destrucción social y ecológica. Hoy, se ahonda en la modalidad extractiva de producción, heredada desde la colonia, con un aperturismo exacerbado hacia la megaminería o la explotación petrolera, sin perder de vista a los transgénicos y los agrocombustibles. Este proceso que se podría llamar, sin temor a equivocarnos, extractivismo del siglo XXI, es la línea de acción, en América Latina, de los gobiernos progresistas. Hay algunas diferencias con el extractivismo de los gobiernos neoliberales, en la medida que el Estado tiene una major injerencia en la gestión de estas actividades extractivas y en la participación de la renta minera o petrolera, pero que a la postre no alteran la esencia de la modalidad de acumulación extractivista.

 

De hecho, poco a poco se cayó en cuenta que el tema no era tan simple como aceptar una u otra senda hacia el desarrollo. Los caminos hacia el desarrollo no eran el problema mayor. La dificultad radica en el concepto mismo del desarrollo. El mundo vive un “mal desarrollo” generalizado, incluyendo los considerados como países industrializados, es decir los países cuyo estilo de vida debía servir como faro referencial para los países “atrasados”. Eso no es todo. El funcionamiento del sistema mundial contemporáneo es “maldesarrollador”, como anota con claridad José María Tortosa (2011).[3]

 

En definitiva, el Buen Vivir es diferente. No se trata de aplicar un conjunto de políticas, instrumentos e indicadores para salir del “subdesarrollo” y llegar a aquella deseada condición del “desarrollo”. Una tarea por lo demás inútil. Veamos si no lo acontecido a lo largo de estas últimas décadas, cuando casi todos los países del mundo han intentado seguir ese supuesto único recorrido. ¿Cuántos lo han logrado? Muy pocos, asumiendo que la meta buscada puede ser considerada como desarrollo.

 

En suma, es urgente disolver el tradicional concepto de progreso en su deriva productivista y de desarrollo en tanto dirección única, sobre todo en su visión mecanicista de crecimiento económico, así como sus múltiples sinónimos. Pero no solo se trata de disolverlos, se requiere una visión diferente, mucho más rica en contenidos y en dificultades.

 

Bajo algunos saberes indígenas no existe una idea análoga a la de desarrollo, lo que lleva a que en muchos casos se rechace esa idea. No existe la concepción de un proceso lineal de la vida que establezca un estado anterior y posterior, a saber, de subdesarrollo y desarrollo; dicotomía por la que deben transitar las personas para la consecución del bienestar, como ocurre en el mundo occidental. Tampoco existen conceptos de riqueza y pobreza determinados por la acumulación y la carencia de bienes materiales.

 

El Buen Vivir asoma, entonces, como una categoría en permanente construcción y reproducción. En tanto planteamiento holístico, es preciso comprender la diversidad de elementos a los que están condicionadas las acciones humanas que propician el Buen Vivir, como son el conocimiento, los códigos de conducta ética y espiritual en la relación con el entorno, los valores humanos, la visión de futuro, entre otros. El Buen Vivir, en definitiva, constituye una categoría central de la filosofía de la vida de las sociedades indígenas.

 

Hacia un reencuentro con la Naturaleza

 

La acumulación material –mecanicista e interminable de bienes– asumida como progreso, no tiene futuro, nos recuerda Eduardo Gudynas (2009)[4]. Los límites de los estilos de vida sustentados en la visión ideológica del progreso antropocéntrico son cada vez más notables y preocupantes. Si queremos que la capacidad de absorción y resilencia de la Tierra no colapse, debemos dejar de ver a los recursos naturales como una condición para el crecimiento. Y por cierto debemos aceptar que lo humano se realiza en comunidad, con y en función de otros seres humanos, como parte integrante de la Naturaleza, sin pretender dominarla.

 

Desde los albores de la Humanidad el miedo a los impredecibles elementos de la Naturaleza estuvo presente en la vida de los seres humanos. Poco a poco la ancestral y difícil lucha por sobrevivir se fue transformando en un desesperado esfuerzo por dominar la Naturaleza. Paulatinamente el ser humano, con sus formas de organización social antropocéntricas, se puso figurativamente hablando por fuera de la Naturaleza. Se llegó a definir la Naturaleza sin considerar a la Humanidad como parte integral de la misma. Y con esto quedó expedita la vía para dominarla y manipularla, sobre todo en la civilización capitalista.

 

Frente a esta añeja visión de dominación y explotación, sostenida en el divorcio profundo de la economía y la Naturaleza, causante de crecientes problemas globales, han surgido varias voces de alerta. El punto es claro, la Naturaleza no es infinita, tiene límites y estos límites están siendo superados.

 

La crisis provocada por la superación de los límites de la Naturaleza conlleva necesariamente a cuestionar la institucionalidad y la organización sociopolítica. No hacerlo amplificaría aún más las tendencias excluyentes y autoritarias, así como las desigualdades e inequidades tan propias del sistema capitalista.

 

La tarea parece simple, pero es en extremo compleja. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro. Para lograr esta transformación civilizatoria, una de las tareas iniciales radica en la desmercantilización de la Naturaleza. Los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana procurando asegurar la calidad en la vida de las personas. Y esto se logra con verdaderos procesos de redistribución del ingreso y de la riqueza.

 

Uno de los pasos concretos, luego de las reflexiones anteriores, fue el dado en la Asamblea Constituyente de Montecristi en Ecuador, al otorgarle derechos a la Naturaleza. Esto ubica con claridad por dónde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización de la sociedad, si realmente pretende ser una opción de vida, en tanto respeta y convive dentro de la Naturaleza.

 

En dicha Constitución, aprobada el año 2008, al sumar a la Naturaleza como sujeto de derechos, y al otorgarle el derecho a ser restaurada cuando ha sido destruida, se estableció un hito en la historia de la Humanidad. La restauración difiere de la reparación que es un recurso para los seres humanos, cuyas condiciones de vida puedan verse afectadas por algún deterioro ambiental provocado por otros seres humanos. Por igual trascendente fue la incorporación del término Pacha Mama, como sinónimo de Naturaleza, en tanto reconocimiento de plurinacionalidad e interculturalidad. Y por cierto fue trascendente la aceptación del agua como un Derechos Humano fundamental, no simplemente el acceso al agua; con lo cual se prohibió toda forma de privatización del agua.

 

A lo largo de la historia, cada ampliación de los derechos fue anteriormente impensable. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron una vez rechazadas por ser consideradas como un absurdo. Se ha requerido que se reconozca el derecho de tener derechos y esto se ha conseguido siempre con una intensa lucha política para cambiar aquellas leyes que negaban esos derechos.

 

La liberación de la Naturaleza de esta condición de sujeto sin derechos o de simple objeto de propiedad, exigió y exige, entonces, un esfuerzo político que le reconozca como sujeto de derechos. Este aspecto es fundamental si aceptamos que todos los seres vivos tiene el mismo valor ontológico, lo que no implica que todos sean idénticos. Lo central de los Derechos de la Naturaleza es rescatar el derecho a la existencia de los propios seres humanos.

 

Por cierto que en este punto habría que relievar todos los aportes y las luchas desde el mundo indígena, en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas. Pero igualmente, y esto también es importante, hay razones científicas que consideran a la Tierra como un súper organismo vivo. Este súper organismo extremadamente complejo, requiere de cuidados y debe ser fortalecido, es sujeto de dignidad y portador de derechos, porque todo lo que vive tiene un valor intrínseco, tenga o no uso humano. Incluso hay razones cosmológicas que asumen a la tierra y a la vida como momentos del vasto proceso de evolución del Universo. La vida humana es, entonces, un momento de la vida. Y para que esa vida pueda existir y reproducirse necesita de todas las precondiciones que le permitan subsistir. En todas estas visiones aflora como eje fundamental el principio indígena de la relacionalidad: todo tiene que ver con todo, en todos los puntos y en todas las circunstancias.

 

Entonces, lo que urge es caminar hacia Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza, como punto de partida para empezar a reconstruir relaciones armoniosas de los seres humanos con su Madre Tierra.

 

Los elementos de una economía solidaria y sustentable

 

Esta demanda civilizatoria exige otra economía. Una economía sustentada en otros principios que los capitalistas. Se requieren principios fundacionales como los de solidaridad y sustentabilidad, a más de reciprocidad, complementariedad, responsabilidad, integralidad, relacionalidad, suficiencia (y de alguna manera también eficiencia), diversidad cultural e identidad, equidades, y por cierto siempre más democracia, nunca menos.

 

A partir de la aceptación de que una economía se sustente en la solidaridad y en la sustentabilidad, para mencionar apenas dos de los principios señalados en el párrafo anterior, se busca la construcción de otro tipo de relaciones de producción, de intercambio, de consumo, de cooperación y también de acumulación y de distribución del ingreso y la riqueza.

En el ámbito económico se requiere incorporar criterios de suficiencia antes que sostener la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material cada vez más acelerada, frente a la cual claudica incluso la democracia. De allí se desprende una indispensable crítica al fetiche del crecimiento económico, que es apenas un medio, no un fin.

 

Esto plantea también, como meta utópica, la construcción de relaciones armoniosas de la colectividad y no solo de individualidades entre sí; y, de estas con la Naturaleza. La actual meta de sociedades afincadas en la competitividad, lo sabemos muy bien, nos mueven hacia una cacotopía, es decir hacia una utopía negativa.

 

El objetivo final es construir un sistema económico sobre bases comunitarias y orientadas por la reciprocidad. Simultáneamente, esta economía solidaria debe ser sustentable. Es decir debe asegurar desde el inicio y en todo momento procesos económicos respetuosos de los ciclos ecológicos, que puedan mantenerse en el tiempo, sin ayuda externa y sin que se produzca una escasez crítica de los recursos existentes.

 

Para lograr este objetivo múltiple será preciso transitar por sendas que permitan ir dejando atrás paulatinamente las lógicas de devastación social y ambiental dominantes en la actualidad. El mayor desafío de las transiciones[5] se encuentra en superar aquellos patrones culturales asumidos por la mayoría de la población que apuntan hacia una permanente y mayor acumulación de bienes materiales. Una situación que, como bien sabemos, no asegura necesariamente un creciente bienestar de todos los individuos y las colectividades. Tenemos a mano la sólida demostración de que un incremento del ingreso per cápita no ha mejorado los índices de felicidad en varias décadas en los Estados Unidos y en muchos otros países considerados como desarrollados.

 

De todas maneras, la combinación de los diversos factores de producción en función de las demandas del capital, para asegurar un mayor crecimiento económico y quizás también bienestar, sin preocuparse por la solidaridad y la sustentabilidad, en función de la acumulación del capital, ha sido y es todavía la principal preocupación de los economistas ortodoxos. Y si esto es así, esa aceptación ha permeado en amplios segmentos de la población que la asumen como una realidad indiscutible.

 

Con el fin de enfrentar esta economía ortodoxa, en cualquiera de sus versiones, hay que dar paso a una gran transformación (en palabras de Carlos Marx diríamos revolución). No solo hay que consumir mejor y en algunos casos menos, sino que debemos obtener mejores resultados con menos, en términos de mejorar la calidad de vida. Aquí puede incorporarse muchas visiones no solo provenientes de los pueblos y nacionalidades indígenas, sino de otras latitudes, como la propuesta de “sobriedad feliz” de Pierre Rabhi (2013)[6]. También son oportunas las reflexiones de la Academia para Economía Solidaria cuando hablan de la suficiencia.[7]

 

En definitiva, hay que construir otra lógica económica, que no radique en la ampliación permanente del consumo en función de la acumulación de capital. En consecuencia, esta nueva propuesta económica, que deberá enfrentar poderosos intereses de todo tipo, tiene que consolidarse particularmente superando el consumismo e inclusive el productivismo sobre bases de creciente autodependencia comunitaria en todos los ámbitos. No se trata de minimizar la importancia que tiene el Estado, pero sí de ubicarlo en su verdadera dimensión, es decir asumiendo sus limitaciones y repensándolo desde lo comunitario.[8]

 

Una nueva economía implica superar el fetiche del mercado, frente al que muchas personas bajan la cabeza: el mercado habla, el mercado reacciona, el mercado protesta, el mercado siente… Lo grave de subordinar el Estado al mercado, conduce a subordinar la sociedad a las relaciones mercantiles y al individualismo ególatra.

 

Si bien el mercado total no es la solución, tampoco lo es el Estado por sí solo. Tengamos presente, como un aspecto medular, que no todos los actores de la economía actúan movidos por el lucro. Y que tampoco la burocracia estatal puede suplantar las expresiones de las comunidades, en tanto ella no garantiza la participación popular en la toma de decisiones, ni el control democrático.

 

Eso nos lleva a comprender que en una economía solidaria, como parte de una sociedad plenamente democrática, no puede haber formas de propiedad capitalista, y tampoco la empresa pública o estatal puede totalizar la economía, al considerársela como la forma de propiedad principal y dominante. Hay otras formas de propiedad y organización en una economía solidaria: cooperativas de ahorro y crédito, de producción, de consumo, de vivienda y de servicios, así como mutuales de diverso tipo, asociaciones de productores y comercializadores, organizaciones comunitarias, unidades económicas populares o empresas autogestionarias, por ejemplo. Y en este universo habrá que incorporar a una gran multiplicidad de organizaciones de la sociedad civil, que pueden acompañar e incluso ser la base de una transformación que no se improvisa.

 

Esta economía solidaria y sustentable, entonces, parte de una marcada heterogeneidad de formas de propiedad y de producción. Desde donde, en un proceso programado de transiciones múltiples y que será de largo aliento, se deberán ir construyendo otras relaciones de producción y de control de la economía. El Estado tendrá un importante papel y por cierto también los mercados. La organización económica podría ser repensada, al menos inicialmente, desde la visión de economías socialistas de mercado, que de ninguna manera podrán seguir por la senda de la mercantilización generalizada tan propia del capitalismo.

 

Y el objetivo de esta nueva economía, ya desde la fase de transición, será impulsar la satisfacción de las necesidades actuales sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras en condiciones que aseguren relaciones cada vez más armoniosas de los seres humanos consigo mismo, de los seres humanos con sus congéneres y de los seres humanos con la Naturaleza. Este es uno de los puntos medulares del Buen Vivir o sumak kawsay.

 

Ya no se trata solamente de defender la fuerza de trabajo y de recuperar el tiempo de trabajo excedente para los trabajadores, es decir de oponerse a la explotación de la fuerza de trabajo. Eso es muy importante. Vital. Pero hay algo más. En juego está la defensa de la vida misma. Esto nos conmina a superar esquemas organizativos de privilegios antropocéntricos, causantes de la mayores desigualdades y, además, de la destrucción del planeta por la vía de la depredación y la degradación ambientales; situación exacerbada en el capitalismo. Así, los objetivos económicos, subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, deben conciliarse con el respeto a la dignidad humana y la mejoría de la calidad de vida de las personas, las familias y las comunidades. De ninguna forma se puede sacrificar la Naturaleza y su diversidad. Hay que entender en la práctica que el ser humano forma parte de la Naturaleza y que no puede dominarla, mercantilizarla, privatizarla, destruirla.

 

El punto se centra en la aceptación de que la Naturaleza tiene límites que las economías no deben sobrepasar. El cambio climático, resultado del sobreconsumo energético, es una evidencia incontrastable. El pensamiento funcional se limita a hacer de “los bienes” y “servicios ambientales” simples elementos transables, a través de la dotación de derechos de propiedad sobre estas funciones. Una situación que se produce debido a la generalización de un comportamiento egoísta y cortoplacista, incapaz de reconocer que un recurso tiene un límite o umbral antes de colapsar.

 

Por otro lado, no solo que están los límites ambientales. Hay otro punto crucial: el crecimiento económico, provocado por la voracidad del capital, que acumula produciendo y especulando, se da sobre bases de creciente inequidad estructural. Basta ver algunas cifras de la inequitativa distribución de la riqueza a nivel mundial: Las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto como la mitad más pobre de la población mundial: 1700 millones de habitantes, según un reporte de la Oxfam (2014)[9]. Según dicho reporte, el 1% de la población más rica acapara casi la mitad de la riqueza mundial. Revisar las cifras de la inequidad en Alemania, el país de “los inventores” de la tan promocionada economía social de mercado, resulta por igual aleccionador: en el año 2008, el 10% más rico de la población alemana poseía el 53% de los activos, mientras que la mitad de la población es propietaria de un 1% de los activos (Revista Der Spiegel N° 19, 2014).

 

Está claro, entonces, que la organización misma de la economía debe cambiar de manera profunda. Este es quizás uno de los mayores retos. El crecimiento económico, transformado en un fetiche al cual rinden pleitesía los poderes del mundo y amplios segmentos de la población, debe ser desenmascarado y desarmado. Igualmente se precisa desmontar la lógica extractiva que hunde nuestras economías en la dependencia. Algo fácil de decir, pero difícil de hacer al margen del consenso y participación popular.

 

El camino de salida de una economía extractiva, por ejemplo, que tendrá que arrastrar por un tiempo algunas actividades de este tipo, debe considerar un punto clave: el decrecimiento planificado del extractivismo. La opción potencia actividades sustentables, que podrían darse en el ámbito de las manufactureras, la agricultura, el turismo, sobre todo el conocimiento… En definitiva, no se debe deteriorar más la Naturaleza. El éxito de este tipo de estrategias para procesar una transición social, económica, cultural, ecológica, dependerá de su coherencia y, sobre todo, del grado de respaldo social que tenga.

 

Al revisar la literatura disponible se observa que no existe un consenso específico de las diferentes conceptualizaciones de las prácticas económicas y sociales de las comunidades indígenas. Estas se hacen presentes en diferentes formas. Difieren desde el cotidiano vivir y desde los distintos territorios. Lo que interesa es que en sus raíces conllevan la idea principal y muy arraigada sobre la reciprocidad entre seres humanos que forman parte integral de la Pacha Mama.

 

En consecuencia, esta nueva economía deberá ser repensada desde una visión holística y sistémica, plasmada en los Derechos Humanos y en los Derechos de la Naturaleza.

 

El autocentramiento en la base de las transiciones

 

Las transiciones, en tanto rutas hacia una nueva civilización, deben ser pensadas especialmente desde las nociones de autocentramiento. No solo hay el ámbito estratégico nacional. Hay otros ámbitos estratégicos, desde lo local hasta lo global. En esta aproximación las dimensiones locales quedan muy bien situadas. Esto implica una estrategia de organización de la política y de la economía que se construye desde abajo y desde dentro, desde lo comunitario y solidario; en donde, por ejemplo, cobran fuerza aquellas propuestas productivas que surgen desde el seno de los barrios y de las comunidades campesinas.

 

Realizar el autocentramiento implica decisiones políticas colectivas que pueden darse siguiendo un camino gradual, empezando desde abajo: desde la región o regiones con relación al país y luego del país con respecto al mercado mundial. Este empeño será mucho más fácil si se cuenta con el respaldo del gobierno central y también si hay una estrategia de integración regional autónoma, es decir que no esté normada por las demandas del capital transnacional.[10]

 

El fundamento básico de la vía autocentrada es el desarrollo de las fuerzas productivas endógenas, incluyendo capacidades humanas y recursos productivos locales y el correspondiente control de la acumulación y centramiento de los patrones de consumo. Todo esto debe venir acompañado de un proceso político de participación plena, de tal manera que (sobre todo en los países en donde el gobierno central no está sintonizado con esta visión) se construyan “contrapoderes” (económico y político) que puedan impulsar paulatinamente las transformaciones a nivel del país.

 

Esto implica ir gestando, desde lo local, espacios de poder real en lo político, en lo económico y en lo cultural. A partir de ellos se podrán forjar los embriones de una nueva institucionalidad estatal, así como también diseñar y construir una renovada lógica de mercado, en el marco de una nueva convivencia social. Estos núcleos de acción servirán de base para la estrategia colectiva que debe construir un proyecto de vida en común, que no podrá ser una visión abstracta que descuide a los sujetos y a las relaciones presentes, reconociéndolos tal como son hoy y no como queremos que sean mañana.

 

Una propuesta de transición desde el autocentramiento –desde el punto de vista económico– prioriza el mercado interno. Esto, sin embargo, no significa, por ejemplo, volver al modelo de “sustitución de importaciones” de antaño, que procuró beneficiar y de hecho favoreció a los capitalistas locales, con la expectativa de fomentar o fortalecer una inexistente “burguesía nacional”. En el marco del autocentramiento, el mercado interno quiere decir mercados heterogéneos y diversos, así como también mercado de masas. En este último predominará el vivir con lo nuestro y para los nuestros, vinculando al campo con la ciudad, lo rural y lo urbano, para desde allí evaluar las posibilidades de reinsertarse en la economía mundial, definiendo en qué campos es conveniente hacerlo.[11]

 

No es posible desarrollar proyectos económicos, sin involucrar activamente a la población en el diseño y gestión de los mismos. Simultáneamente es necesario fomentar la creación y fortalecimiento de unidades de producción autogestionarias, asociativas, cooperativas o comunitarias (desde las familias, pasando por las “microempresas” a nivel local, hasta llegar a los proyectos regionales). Esta propuesta exige imperiosamente el fortalecimiento de estos espacios comunitarios. Así, para mencionar un ejemplo, los productores agrícolas deberían formar asociaciones que les permitan manejar temas clave de manera conjunta, como son el procesamiento comunitario de sus productos, el acceso también comunitario a mercados, así como a los créditos, las tecnologías, la capacitación, entre otras.

 

Hay que crear, por igual, las condiciones para propiciar la producción de (nuevos) bienes y servicios, sobre la base de tecnologías adaptadas y autóctonas. Esta política debe favorecer a empresas colectivas, familiares o incluso individuales, pero sin dar paso al surgimiento y consolidación de estructuras oligopólicas y menos aún monopólicas. Estos bienes y servicios deben estar acordes con las necesidades axiológicas y existenciales[12] de los propios actores del cambio, a fin de estimular el aprendizaje directo, la difusión y el uso pleno de las habilidades, la motivación para la comprensión de los fenómenos y para la creación autónoma.

 

En lo social la transición propone la revalorización de las identidades culturales y el criterio autónomo de las poblaciones locales, la interacción e integración entre movimientos populares y la incorporación económica y social de las poblaciones. Estas deben dejar su papel pasivo en el uso de bienes y servicios colectivos y convertirse en propulsoras autónomas de los servicios de salud, educación, transporte, entre otros, nuevamente impulsados coordinada y consensuadamente desde la escala local-regional.

 

Estos procesos demandan el cambio de los patrones tecnológicos para recuperar e incentivar alternativas locales, sin negar los valiosos aportes tecnológicos que pueden provenir del exterior, especialmente de las llamadas tecnologías intermedias y limpias. Hay que entender que gran parte de las capacidades y conocimientos locales están en manos de comunidades y pueblos dentro de nuestros países, que por decisión, por tradición o por marginación, se han mantenido fuera del patrón tecnológico occidental. En estos segmentos del aparato productivo, muchas veces marginalizados, se utilizan e inventan opciones para facilitar el trabajo productivo y el consumo de productos locales, artesanales y orgánicos.

 

Muchas prácticas tradicionales tienen tal grado de solidez, que el paso del tiempo parecería solo afectarlas en lo accesorio y no en lo profundo. Además, si se observa con detenimiento hay respuestas productivas, como son las existentes en la agricultura orgánica, que tienen mejores rendimientos económicos en términos amplios que las promocionadas actividades convencionales. La construcción de un nuevo patrón tecnológico demanda rescatar, desarrollar, o adaptar nuevas y viejas tecnologías, que para ser liberadoras no deberán generar nuevos modelos de dependencia (a través de los transgénicos, por ejemplo), deberán ser de libre circulación y de bajo consumo de energía, así como de reducidas emisiones de CO2, muy poco contaminantes, al tiempo que aseguran la creación de abundantes puestos de trabajo de calidad.

 

Lo interesante en este momento es reconocer que nadie tiene una receta concluida de cómo hacerlo. Eso, lejos de ser un motivo de preocupación, debe alentarnos. Solo entre todos y todas podremos encontrar las alternativas necesarias. La lista de proyectos e iniciativas exitosas, sustentadas sobre las bases de una economía solidaria y sustentable, a lo largo del planeta, es enorme. Hay que abrir todos los espacios y canales posibles para difundir estas propuestas, así como los procesos puestos en marcha y los resultados obtenidos.

 

Es indispensable tener presente que un proyecto de organización social y productiva, sustentado en la dignidad y la armonía, en tanto propuesta emancipadora, demanda una revisión del estilo de vida vigente, sobre todo a nivel de las élites y que sirve de marco orientador (inalcanzable) para la mayoría de la población en el planeta. Igualmente habrá que procesar, sobre cimientos de equidades reales, la reducción del tiempo de trabajo y su redistribución, así como la redefinición colectiva de las necesidades axiológicas y existenciales del ser humano en función de satisfactores singulares y sinérgicos[13] ajustados a las disponibilidades de la economía y la Naturaleza.

 

Más temprano que tarde, tendrá que darse prioridad a una situación de suficiencia, en tanto se busque lo que sea bastante en función de lo que realmente se necesita, antes que una siempre mayor eficiencia sostenida sobre bases de una incontrolada competitividad y un desbocado consumismo, que ponen en riesgo las bases mismas de la sociedad y de la sustentabilidad ambiental. Este proyecto de vida –Buen Vivir– no es sinónimo de opulencia y tampoco puede darse a costa del mal vivir de nadie.

 

Esta transición económica, por cierto, debería hacerse extensiva a todas aquellas formas de producción, como la extractiva, que sostienen las bases materiales del capitalismo y que ponen en riesgo la vida misma. Los países productores y exportadores de materias primas, es decir de Naturaleza, insertos como tales sumisamente en el mercado mundial, son funcionales al sistema de acumulación capitalista global y son también indirecta o aun directamente causantes de los problemas ambientales globales.

 

Finalmente, en lo político, tales procesos contribuirían a la conformación y fortalecimiento de instituciones representativas y al desarrollo de una cultura democrática y de participación. En este sentido habrá que fortalecer los procesos asamblearios propios de los espacios comunitarios.

 

Al rescate o construcción de otras lógicas económicas

 

En esta otra economía, el punto de partida es el ser humano. Así él debe ser el centro de la atención y es su factor fundamental, pero siempre integrado como parte de la Naturaleza.

 

Si el ser humano es el eje de esta otra economía, el trabajo es su sostén. Esto plantea el reconocimiento en igualdad de condiciones de todas las formas de trabajo, productivo y reproductivo. El mundo del trabajo forma parte fundamental de la economía solidaria, entendida también como “la economía del trabajo” (Coraggio).

 

El trabajo, entonces, es un derecho y un deber social. Por lo tanto ninguna forma de desempleo o subempleo puede ser tolerada. No se trata simplemente de producir más, sino de producir para vivir bien. Puestas las cosas en su debido orden, el trabajo contribuirá a la dignificación de la persona. Habrá que asumir al trabajo como espacio de libertad y de goce. Y en este contexto, tal como se anotó antes, habrá incluso que pensar también en un proceso de distribución del trabajo, que cada vez es más escaso; proceso que vendrá atado, por cierto, con una nueva forma de organizar la economía y la sociedad misma.

 

Por igual habrá que fortalecer los esquemas de auto y cogestión en todo tipo de empresas, para que los trabajadores y las trabajadoras decidan en la conducción de sus diversas unidades productivas.

 

Para empezar una acción transformadora hay que reconocer que en las economías capitalistas lo popular y solidario convive y compite con la economía capitalista y con la economía pública.

 

Este sector está compuesto por el conjunto de formas de organización económica-social en las que sus integrantes, colectiva o individualmente, desarrollan procesos de producción, intercambio, comercialización, financiamiento y consumo de bienes y servicios. Estas formas de organización económica solidaria incluyen en el sector productivo y comercial cooperativas, asociaciones y organizaciones comunitarias, así como diversos tipos de unidades económicas populares. A estas se suman las organizaciones del sector financiero popular y solidario, que tienen a las cooperativas de ahorro y crédito como uno de sus principales pilares, así como a las cajas solidarias y de ahorro y los bancos comunales. Inclusive habría que rescatar valiosas experiencias con dineros alternativos, controlados por las comunidades, que han servido no solo para resolver problemas en épocas de crisis agudas, sino que han sido de enorme utilidad para descubrir y potenciar las capacidades locales existentes.

 

Estas organizaciones sustentan (no siempre) sus actividades en relaciones de solidaridad, cooperación y reciprocidad y ubican al ser humano como sujeto y fin de toda actividad económica por sobre el lucro, la competencia y la acumulación de capital. Desde esa lógica económica se debe romper con toda forma de paternalismo, asistencialismo o clientelismo, por un lado, y por otro, con toda forma de concentración y acaparamiento; prácticas que han dominado la historia de la región: migajas para el pueblo y la gran torta para las minorías.

 

Aquí lo que cuenta, además, es que el ser humano debe vivir en armonía con la Naturaleza, buscando, individual y comunitariamente, la construcción de una vida sustentable en dignidad.

 

El Estado tiene mucho que hacer en este campo. Por ejemplo, invertir en infraestructura y generar las condiciones que dinamicen a los pequeños y medianos productores, reconociendo que son grupos con una enorme productividad del capital. Un pequeño productor con una pequeña inversión le saca mucho más rédito a la unidad monetaria invertida que la unidad monetaria que invierten los grandes grupos de capital. El problema de ese pequeño productor es que no tiene capacidad de acumular. Gana muy poco y vive en condiciones de inmediatez económica, subordinado muchas veces al gran capital. Con frecuencia tampoco tiene una adecuada preparación profesional y formación técnica,  dado que el Estado no se ha preocupado en materia de capacitación para la adecuada gestión de este sector productivo.

 

Igualmente, hay que favorecer la cooperación interempresarial de estas empresas de propiedad social, en lo que se denominan “distritos industriales populares”. Experiencias existen en muchas partes. Lo que toca es profundizar y ampliar este tipo de prácticas, para que cada vez más empresas compartan costos fijos (maquinaria, edificios, equipo, tecnologías, entre otros) y aprovechen así economías de escala, lo que les aseguraría una mayor productividad. (Supervisando, por cierto, que se produzca sin afectar al ambiente o sobre la base de la explotación inmisericorde de la mano de obra.)

 

Por ello se vuelve impostergable una reconversión de la matriz productiva. Esta decisión, en los países productores y exportadores de materias primas exige el ejercicio soberano sobre la economía, la desprimarización de su estructura, el fomento y la inversión para la innovación científico-tecnológica estrechamente vinculada al nuevo aparato productivo (y no en guetos de sabios), la inclusión social, la capacitación laboral y la generación de empleo abundante y bien remunerado. Este último punto es crucial para evitar el subempleo, la desigual distribución del ingreso, el desangre demográfico que representa la migración, entre otras patologías inherentes al actual modelo primario-exportador de acumulación.

 

De eso se trata cuando se plantean estrategias de transición que tendrán que ser necesariamente plurales. Teniendo como horizonte la vocación utópica de futuro hay que desplegar acciones concretas para resolver problemas concretos. Y en ese empeño hay que nutrirse de todos los aportes que apunten en dicha dirección, rescatando y potenciando las prácticas y los saberes ancestrales, así como todas aquellas visiones y vivencias sintonizadas con la praxis de la vida armónica y de la vida en plenitud. Lo que interesa es potenciarlas, multiplicarlas y difundirlas.

 

Otro punto fundamental radica en el reconocimiento que esta nueva economía no puede circunscribirse al mundo rural o a los sectores populares urbanos marginados. Uno de los mayores desafíos radica en pensar formas diferentes de organizar la vida para y desde las ciudades, en donde la sustentabilidad está casi siempre ausente y en donde muchas veces los niveles de competencia salvaje son mayores que en el campo. La tarea pasa por repensar las ciudades, rediseñarles y reorganizarlas, al tiempo que se construyen otras relaciones con el mundo rural.

 

Construcción paciente, no improvisación irresponsable

 

Tengamos presente que la Humanidad no es una comunidad de seres agresivos y brutalmente competitivos. Muchos de estos no-valores han sido creados e incluso exacerbados por una civilización como la capitalista que ha favorecido el individualismo, el consumismo y la acumulación agresiva de bienes materiales. Científicamente se ha demostrado la tendencia natural dominante de los humanos y los animales superiores a la cooperación y la asistencia mutua.

 

Entonces, de lo que se trata es de recuperar y fortalecer esos valores y esas instituciones sustentadas en la reciprocidad y solidaridad. Esta tarea empieza en el hogar y en los centros de aprendizaje primario, así como en las diversas instancias de la vida de los seres humanos. No se trata de acciones caritativas en medio de un ambiente de creciente competencia. Lo que se quiere es desarmar ese mundo orientado y conminado a la competencia, para reorientarlo hacia la solidaridad y la sustentabilidad.

 

En esta línea de reflexión, hay que valorar los postulados feministas de una economía orientada al cuidado de la vida, basada en la cooperación, complementariedad, reciprocidad y solidaridad. Estas concepciones son relevantes para las mujeres y para la sociedad en su conjunto, como parte de un proceso de construcción colectiva de una nueva forma de organizar la vida. Exigen nuevos acercamientos feministas en donde se diluciden y se cristalicen los conceptos de autonomía, soberanía, dependencia, reciprocidad y equidad.

 

En los países del Sur global, sobre todo, la soberanía aflora con fuerza, en donde hay varios ámbitos para la acción, como el monetario, el financiero, el energético o el alimentario, para mencionar algunos de ellos.

 

Sin pretender agotar el tema de las soberanías, debe quedar absolutamente claro que la soberanía alimentaria será un pilar fundamental de otra economía, que se sustentará en el derecho que tienen los agricultores a controlar la agricultura y los consumidores a controlar su alimentación. Por lo tanto la atención debe estar dirigida a dar a la alimentación el trato de derecho humano de todo ciudadano y ciudadana. Y esto empieza por erradicar el hambre a través de una verdadera revolución agraria que incorpore los ya mencionados derechos de los productores y de los consumidores.

 

El acceso democrático a la tierra –que es un bien público– es un eje central de la soberanía alimentaria. Esta estrategia demanda respuestas participativas, no burocratizadas; descentralización efectiva, no centralización absorbente; reconocimiento de tecnologías propias y ancestrales, no su marginación. Los campesinos y sus familias serán los actores centrales de este proceso, sobre todo a través de asociaciones de productores, comercializadores y procesadores de alimentos.

 

Tanto el gobierno central como los gobiernos descentralizados deben establecer las políticas adecuadas para fomentar el cultivo ético de la tierra, desprivatizar el agua asegurando la gestión social del riego, establecer adecuados mecanismos de crédito, impulsar tecnologías apropiadas con el medio, fomentar los sistemas de transporte y los mercados justos, promover la refores­tación y cuidar de cuencas hidrográficas mediante tecnologías apropiadas, apoyar los procesos de capacitación de los campesinos, alentar el establecimiento de indus­trias locales para procesar los productos agrícolas.

 

Todo lo expuesto brevemente demanda una política de aprovechamiento de los recursos naturales orientada por la siguiente consigna: transformar antes que transportar, tanto para productos tradicionales de exporta­ción como para la producción de consumo interno.

 

Es fundamental proteger el patrimonio genético, tanto como impedir el ingreso de semillas y cultivos transgénicos para evitar la pérdida de diversidad genética en la agricultura, la contaminación de variedades tradicionales y la aparición de súper plagas y súper malezas. Y por supuesto no se puede tolerar la producción de alimentos para alimentar automóviles y no seres humanos, me refiero a los bio o agrocombustibles.

 

Las finanzas deben cumplir un papel de apoyo al aparato productivo y no ser más simples instrumentos de acumulación y concentración de la riqueza en pocas manos; realidad que alienta la especulación financiera. Se precisa la construcción de una nueva arquitectura financiera, en donde los servicios financieros sean de orden público. Allí las finanzas populares, por ejemplo las cooperativas de ahorro y crédito, deben asumir un papel cada vez más preponderante como promotoras del desarrollo, en paralelo con una banca pública de fomento, como aglutinadora del ahorro interno e impulsadora de economías productivas de características más solidarias. Las instituciones financieras privadas deberán dejar su espacio de predominio a favor de este otro tipo de estructura financiera popular y pública.

 

Esta nueva economía consolida el principio del monopolio público sobre los recursos estratégicos, pero a su vez establece una dinámica de uso y aprovechamiento de esos recursos desde una óptica sustentable. Por igual son necesarios mecanismos de regulación y control en la prestación de los servicios públicos desde la sociedad. Se precisa que la propiedad –privada, comunitaria, pública o estatal– cumpla su función social, tanto como su función ambiental.

 

Los planteamientos expuestos brevemente, que no abordan todos los ámbitos desde donde se debe trabajar esta nueva economía, marcan un derrotero por donde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización y de economía. Quizás convenga rescatar aquí, para concluir estas pocas líneas, como principio rector de este proceso de transición el postulado de Carlos Marx en su crítica al programa de Gotha (1875): “de cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades”. Y todo esto aceptando que los seres humanos formamos parte de la Naturaleza.

 

Estas son palabras que huelen a utopía. De eso mismo se trata. Hay que escribir todos los borradores posibles de una utopía por construir. Una utopía que implica la crítica de la realidad desde los principios plasmados en la filosofía de la vida plena. Una utopía que, al ser un proyecto de vida solidario y sustentable, nos dice lo que debe ser: una opción alternativa colectivamente imaginada, políticamente conquistada y construida, a ser ejecutada por acciones democráticas, en todo momento y circunstancia.

 

Un penúltimo punto

 

En consecuencia, si el Buen Vivir o sumak kawsay abre la puerta para transitar hacia una nueva civilización, se precisa otra economía. Esta no surgirá de la noche a la mañana y menos aún de la mano de caudillos iluminados. Se trata de una construcción paciente y decidida en desmontar varios fetiches y en propiciar cambios radicales.

 

De todo lo anterior podemos concluir en la necesidad de dar paso a los siguientes aspectos:

 

  • Precisamos desarmar “la religión del crecimiento económico”. Es evidente que el crecimiento económico no puede ser el objetivo de una economía. Es más, para algunos menesteres puede incluso resultar contraproducente. Si ya se acepta que el crecimiento económico no es equivalente a desarrollo, con mayor razón eso debe ser válido para la construcción del Buen Vivir o sumak kawsay. Incluso aquí se podría analizar si hay un crecimiento bueno y otro malo; pero, en esencia, se debe aceptar que el crecimiento económico permanente en un mundo finito es una locura.
  • La desmercantilización de la Naturaleza, como parte de un reencuentro consciente con la Pachamama, es un asunto crucial. Los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana y procurando asegurar calidad en la vida de las personas. Claro y sin rodeos, la economía debe subordinarse a la ecología. La desmercantilización de la Naturaleza vendrá de la mano de la desmaterialización de los procesos productivos, orientada a una producción más eficiente, capaz de utilizar menos recursos.

Si hablamos de desmercantilización de la Naturaleza debemos hacerlo también para  los bienes comunes, entendidos como aquellos bienes que pertenecen o son de usufructo o son consumidos por un grupo más o menos extenso de individuos o por la sociedad en su conjunto. Estos bienes pueden ser sistemas naturales o sociales, palpables o intangibles (Wikipedia, por ejemplo), distintos entre sí, pero comunes al ser heredados o construidos colectivamente.

 

  • La descentralización es otro de los aspectos medulares de una nueva economía. En muchos ámbitos, como el de la soberanía alimentaria o energética, por ejemplo, se precisan respuestas-acciones más cercanas a la gente. Es decir desde las comunidades habrá que encontrar las respuestas más adecuadas. Está acción está orientada a recuperar el protagonismo y el control de las personas, es decir de las comunidades, en la toma de decisiones, fortaleciendo la participación y los procesos locales.

 

  • La distribución equitativa del ingreso y la redistribución de la riqueza es un paso fundamental para el Buen Vivir. Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, el capital tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana, que no solo es parte de la Naturaleza, sino que es Naturaleza. Esto exige dar paso a esquemas de profunda redistribución de la riqueza y del poder, así como de construcción de sociedades fundamentadas en equidades en plural. No solo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva del concepto de “raza” en tanto elemento configurador de las sociedades dependientes, en donde el racismo es una de sus manifestaciones más crudas. Es tarea fundamental y urgente la superación del patriarcado y del machismo.

 

 

  • La democratización de la economía completa lo anotado anteriormente. Es indispensable que la toma de decisiones en el ámbito económico, en todos los niveles, sea cada vez más participativa y deliberativa. Esto implica asegurar tanto los derechos de los productores como de los consumidores. Deben regir principios de organización social que vayan más allá de los económico crematístico y del utilitarismo convencional.

 

En síntesis, una visión que supere el fetiche del crecimiento económico, que propicie la desmercantilización, la descentralización, la redistribución de la riqueza y del poder son bases para una estrategia de construcción colectiva de otra economía, indispensable para el Buen Vivir o sumak kawsay.

De lo expuesto se puede concluir que el Buen Vivir se aparta de las ideas occidentales convencionales del progreso, y apunta hacia otra concepción de la vida, otorgando una especial atención a la Naturaleza.

 

Queda en claro, por lo tanto, que el Buen Vivir es un concepto plural (mejor sería hablar de “buenos vivires” o “buenos convivires”) que surge especialmente de las comunidades indígenas, sin negar las ventajas tecnológicas del mundo moderno o posibles aportes desde otras culturas y saberes que cuestionan distintos presupuestos de la modernidad dominante. Como plantean los zapatistas, la tarea es construir un mundo donde caben todos los mundos, sin que nadie viva mal para que otro viva mejor.

 

Antes de concluir estas breves reflexiones, cabe descubrir el riesgo que representan aquellas visiones que pretenden diferenciar el Buen Vivir del sumak kawsay, a los que asume como dos paradigmas diferentes (Oviedo Freire, 2014). Es innegable que hay una apropiación, secuestro y domesticación del término por los gobiernos de Ecuador y de Bolivia. Nadie duda que el Buen Vivir gubernamental está desencontrado con el Buen Vivir de origen indígena. Eso explica esa posición separatista entre Buen Vivir y sumak kawsay, como rechazo a esas manipulaciones gubernamentales, pero no la justifica. Eduardo Gudynas (2014), en un artículo en el mismo libro en que aparece la posición de Oviedo Freire, anota que con esta separación “se pierde la pluralidad original y el concurso de las posturas críticas a la Modernidad no-indígena”.Sostener que el Buen Vivir, por definición es desarrollista, y que el sumak kawsay, en consecuencia, es indígena, es una simplificación que no contribuye al debate. Además, esta distinción y separación recluiría las propuestas indígenas en un mundo estrecho y se minimizarían sus enormes potencialidades derivadas para librar una batalla conceptual y política orientada a superar la Modernidad.

 

En síntesis, esta compleja tarea implica aprender desaprendiendo, aprender y reaprender al mismo tiempo. Una tarea que exigirá cada vez más democracia, cada vez más participación y siempre sobre bases de mucho respeto. Nadie puede asumirse como propietario de la verdad.-

 

Quito, 31 de julio de 2014

 


Una bibliografía mínima sobre el tema

 

Acosta, Alberto (2012). Buen Vivir – Sumak Kwasay – Una oportunidad para imaginar otros mundos. Quito: Abya-Yala y (2013) Barcelona: ICARIA.

Dávalos, Pablo (2008). El “Sumak Kawsay” (“Buen vivir”) y las cesuras del desarrollo. En signisalc.org/redes/teologia/files/2009/10/pablo-davalos-2008-sumak-kawsay-y-las-cesuras-del-desarrollo.pdf

Estermann, Josef (2014). Ecosofía andina – Un paradigma alternativo de convivencia cósmica y de vida plena. En Bifurcación del Buen Vivir y el sumak kawsay. Quito: Ediciones SUMAK.

Gudynas, Eduardo (2014). Buen Vivir: sobre secuestros, domesticaciones, rescates y alternativas. En Bifurcación del Buen Vivir y el sumak kawsay. Quito: Ediciones SUMAK.

Gudynas, Eduardo y Acosta, Alberto (2011). “La renovación de la crítica al desarrollo y el buen vivir como alternativa”. En Utopía y Praxis Latinoamericana, Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría Social 16(53), abril-junio. Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA) , Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad del Zulia-Venezuela.

Gudynas, Eduardo y Acosta, Alberto (2011). El buen vivir o la disolución de la idea del progreso. En Rojas, Mariano (coord.) La medición del progreso y del bienestar – Propuestas desde América Latina, México: Foro Consultivo Científico y Tecnológico de México.

Hidalgo-Capitán, Antonio Luis; Guillén García, Alejandro y Deleg Guazha, Nancy (2014). Antología del Pensamiento Indigenista Ecuatoriano sobre Sumak Kawsay. Universidad de Cuenca y Universidad de Huelva.

Houtart, Francois (2011). El camino a la Utopía y el bien común de la Humanidad. La Paz: Ruth Casa Editorial.

Houtart, Francois (2011). El concepto del sumak kawsay (Buen Vivir) y su correspondencia con el bien común de la humanidad. Revista Ecuador Debate (84). Quito: CAAP.

Oviedo Freire, Atawallpa (2011). Qué es el sumakawsay – Más allá del socialismo y capitalismo. Quito.

Quijano, Aníbal (2011). ¿Bien vivir?: entre el “desarrollo”y la descolonialidad del poder. Revista Ecuador Debate (84). Quito: CAAP.

Tortosa, José María (2011). Mal desarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial. En Acosta, Alberto y Esperanza Martínez (eds). Serie Debate Constituyente. Quito: Abya-Yala.

Tortosa, José María (2009). Sumak Kawsay, Suma Kamaña, Buen Vivir. Madrid: Fundación Carolina.

Unceta, Koldo (2012). Crecimiento, decrecimiento y Buen Vivir. En varios autores (2012). Construyendo el Buen Vivir. Cuenca: PYDLOS de la Universidad de Cuenca.

Vacacela Quishpe, Rosa C. (2007). Sumac Cusai – Vida en armonía. Quito: Instituto Quichua de Biotecnología Sacha Supai.

Viteri Gualinga, Carlos (2000). Visión indígena del desarrollo en la Amazonía. Quito, (mimeo).

 

 

 

 

[1]Economista ecuatoriano. Profesor e investigador de la FLACSO-Ecuador. Profesor honorario de la universidad Ricardo Palma, Lima Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República.

NOTA: Este texto recoge reflexiones de varios trabajos anteriores del autor.

[2] Entre las múltiples obras de Quijano se recomienda: “¿Bien vivir?: entre el “desarrollo” y la descolonialidad del poder”(2011)Revista Ecuador Debate (84), Quito: CAAP; “Des/colonialidad del poder – El horizonte alternativo”(2009), en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds.). Plurinacionalidad – Democracia en la diversidad. Quito: Abya Yala.

 

[3] Mal desarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial, en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds), serie Debate Constituyente, Quito: Abya-Yala.

[4] El mandato ecológico – Derechos de la naturaleza y políticas ambientales en la nueva Constitución, en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds.), serie Debate Constituyente, Quito: Abya-Yala.

[5]En la actualidad hay muchos proyectos empeñados en impulsar estas transiciones. Destaco la tarea emprendida por el Grupo Permanente de Trabajo sobre Alternativas al Desarrollo de la Fundación Rosa Luxemburg, que ya ha publicado dos libros Más allá del desarrollo (2011) y Alternativas al capitalismo y colonialismo del siglo XXI (2013). Otro aporte digno de ser mencionado es el libro Transiciones, postextractivismo y alternativas al extractivismo en el Perú de Alejandra Alayza y Eduardo Gudynas (eds.) (2011).

[6] Pierre Rabhi (2013). Hacia la sobriedad feliz. Madrid: Errata Naturae.

[7] Es recomendable el libro de Harald Bender, Norbert Bernholt, Bernd Winkelmann (2012). Kapitalismus und dann? Systemwandel und Perspektiven gesellschaftlicher Transformation. La economía solidaria es motivo de preocupación y razón para el impulso a proyectos concretos en muchos lugares del planeta. Francia, Brasil, Ecuador, Italia, España, etc. Véase al respecto los trabajos de Jean-Lous Laville, Paul Singer, Luiz Inácio Gaiger, José Luis Coraggio (2012) y por supuesto de Luis Razzeto, uno de los mayores estudiosos y propulsores de este asunto. En España se han recopilado una serie de acciones concretas destinadas a construir otra economía desde la vida cotidiana: Alternativas Económicas 33 – Alternativas para vivir de otra manera (2014).

[8] En el mundo andino-amazónico se plantea la construcción de un Estado plurinacional e intercultural, que tendrá que ser ante todo un Estado comunitario.

[9]Gobernar para las élites – Secuestro democrático y desigualdad económica, www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf

[10] Como sucede con los ejes multimodales previstos en el IIRSA: “Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana”, que constituye un proyecto para vincular aún más a la región a las demandas de acumulación del capitalismo global.

[11] En este punto, aunque parezca curioso si estamos hablando del Buen Vivir, convendría recuperar la recomendación de John Maynard Keynes (1933): “Yo simpatizo, por lo tanto, con aquellos quienes minimizarían, antes que con quienes maximizarían, el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes – esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejen que los bienes sean producidos localmente siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible, y, sobre todo, dejemos que las finanzas sean primordialmente nacionales”.(“Autosuficiencia Nacional”, Revista Ecuador Debate (60), CAAP, Quito, diciembre 2003.)

[12] Manfred Max Neef, Antonio Elizalde, Martín Hopenhayn (1986) nos recuerdan que las necesidades no son infinitas y relativas, sino que son finitas y universales. Ellos nos proponen una matriz que abarca nueve necesidades humanas básicas axiológicas: subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, identidad y libertad; y, cuatro columnas con las necesidades existenciales: ser, tener, hacer y estar. Ver Desarrollo a Escala Humana una opción para el futuro,Centro de Alternativas de Desarrollo.

[13] Ver Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hopenhayn (1986).

El Buen Vivir como alternativa al desarrollo

Algunas reflexiones económicas y no tan económicas

 

Alberto Acosta[1]

 

 

Los mundos nuevos deben ser vividos antes de ser explicados.

Alejo Carpentier

 

 

A lo largo del tiempo, América Latina ha cuestionado el concepto convencional de desarrollo, como una suerte de ejercicio permanente de resistencia, que hoy se refuerza con un interesante proceso de reinterpretación de sus orígenes. Por un lado, se mantiene y recupera una tradición histórica de críticas y cuestionamientos que fueron elaborados y presentados desde esta región hace mucho tiempo atrás, pero que quedaron rezagados y amenazados de olvido. Por otro lado, afloran otras concepciones, sobre todo originarias, propias de los pueblos y nacionalidades ancestrales del Abya Yala (Nuestra América, diría José Martí), así como también provenientes de otras regiones de la Tierra.

 

En este punto reconozcamos que, mientras buena parte de las posturas sobre el desarrollo e incluso muchas de las corrientes críticas se desenvuelven dentro de los saberes occidentales propios de la Modernidad, las propuestas latinoamericanas más recientes escapan a esos límites.

 

En efecto, estas propuestas recuperan posturas que son parte de los conocimientos y saberes de los pueblos y nacionalidades ancestrales. Sus expresiones más conocidas nos remiten a las constituciones de Ecuador y Bolivia; en el primer caso es el Buen Vivir o sumak kawsay (en kichwa), y en el segundo, en particular el Vivir Bien o suma qamaña (en aymara) y también sumak kawsay (en quechua). Existen nociones similares (mas no idénticamente iguales) en otros pueblos indígenas, como los Mapuche (Chile), los Guaraní de Bolivia y Paraguay, los Kuna (Panamá), los Achuar (Amazonía ecuatoriana), pero también en la tradición Maya (Guatemala), en Chiapas (México), entre otros.

 

A más de estas visiones del Abya-Yala hay otras muchas aproximaciones a pensamientos filosóficos de alguna manera emparentados con la búsqueda del Buen Vivir desde visiones filosóficas incluyentes en diversas partes del planeta. El sumak kawsay, en tanto cultura de la vida, con diversos nombres y variedades, ha sido conocido y practicado en distintos períodos en las diferentes regiones de la Madre Tierra, como podría ser el Ubuntu en África o la Civilización de la Selva en la India. Aunque se le puede considerar como uno de los pilares de la cuestionada civilización occidental, en este esfuerzo colectivo por reconstruir/construir un rompecabezas de elementos sustentadores de nuevas formas de organizar la vida, se pueden recuperar incluso algunos elementos de la “vida buena” de Aristóteles.

 

El Buen Vivir, entonces, no es una originalidad ni una novelería de los procesos políticos de inicios del siglo XXI en los países andinos. Los pueblos y nacionalidades ancestrales del Abya-Yala no son los únicos portadores de estas propuestas. El Buen Vivir forma parte de una larga búsqueda de alternativas de vida fraguadas en el calor de las luchas de la Humanidad por la emancipación y la vida.

 

Una propuesta desde la periferia del mundo

 

El Buen Vivir, en tanto sumatoria de prácticas vivenciales, muchas de ellas de resistencia a la realmente larga noche colonial y sus secuelas todavía vigentes, es aún un modo de vida en muchas comunidades, que no han sido totalmente absorbidas por la modernidad capitalista o que han resuelto mantenerse al margen de ella. Sus saberes comunitarios, muchos de ellos ancestrales –esto es lo que cuenta–, constituyen la base para imaginar y pensar un mundo diferente como un camino para cambiar éste.

 

En realidad para hablar del Buen Vivir o sumak kaysay hay que recurrir a las experiencias, visiones y propuestas de aquellos pueblos –dentro y fuera del mundo andino y amazónico– empeñados en vivir en armonía entre sí y con la Naturaleza, poseedores de una historia larga y profunda, todavía bastante desconocida e incluso marginada. Tengamos presente que los pueblos indígenas no son premodernos, ni atrasados. Sus valores, experiencias y prácticas sintetizan una civilización viva, que ha enfrentado los problemas de la Modernidad colonial. Han sido capaces de apropiarse de sus recursos para resistir a su propia manera un colonialismo que dura ya más de quinientos años, llegando incluso a imaginar un futuro distinto al actual, que bien puede nutrir los debates globales, como veremos más adelante.

 

Dicha armonía, de ninguna manera, puede llevar a creer en la posibilidad de un futuro paraíso armonioso carente de conflictos. En las sociedades humanas habrá siempre contradicciones y tensiones, inclusive en su relacionamiento con el entorno natural. Una situación que se ha exacerbado peligrosamente con la civilización capitalista.

 

No hay forma de escribir sobre esta cuestión a partir de un reducto académico aislado de los procesos sociales, es decir sin nutrirse de las experiencias y luchas del mundo indígena y de otras que empiezan a surgir incluso en las metrópolis de latinoamérica; un mundo que no solo se encuentra en los Andes y en la Amazonia. Entonces, estas líneas, en las que la responsabilidad las asume íntegramente el autor, no constituyen un producto de autoría individual. Y menos aún pueden ser entendidas como verdades reveladas. Con este modesto aporte se pretende seguir echando leña en el fuego del debate. Y también se quiere dar algunas luces para la acción.

 

De todas maneras, siempre será un problema comprobar lo que es y lo que representa un saber ancestral cuando probablemente lo que se presenta como tal no es realmente ancestral, ni hay modo de corroborarlo. Las culturas son tan heterogéneas en su interior que puede resultar injusto hablar de nuestra cultura como prueba de que lo que uno dice es correcto. Además, la historia de la humanidad es la historia de los intercambios culturales y, como bien vio José María Arguedas, eso también se aplica a las comunidades originarias americanas. Es imperioso, de todos modos, recuperar las prácticas y vivencias de las comunidades indígenas, asumiéndolas tal como son, sin llegar a idealizarlas.

 

Lo destacable y profundo de estas propuestas es que nos invitan a romper de raíz con varios conceptos asumidos como indiscutibles, empezando por el concepto tradicional de progreso y desarrollo.

 

Una alternativa al desarrollo, no una alternativa de desarrollo

 

El Buen Vivir plantea una cosmovisión diferente a la occidental al surgir de raíces comunitarias no capitalistas. Rompe por igual con las lógicas antropocéntricas del capitalismo en tanto civilización dominante y también de los diversos socialismos realmente existentes hasta ahora.

 

La propuesta del desarrollo, surgida desde la lógica del progreso civilizatorio de occidente estableció una compleja serie de dicotomías de dominación: desarrollado-subdesarrollado, avanzado-atrasado, rico-pobre, superior-inferior, centro-periferia, … Así cobró nueva fuerza la antigua dicotomía salvaje-civilizado, que se introdujo de manera violenta hace más de cinco siglos en América con la conquista europea.

 

En ese contexto de proyecciones globales, propio del sistema capitalista, se plasma la estructura dominante de la actual civilización. La institucionalización global de la dicotomía superior-inferior implicó el surgimiento de la colonialidad del poder, y a la par, la manifestación de la colonialidad del saber y la colonialidad del ser. Dicha colonialidad, vigente hasta nuestros días, no es solo un recuerdo del pasado. Explica la actual organización del mundo en su conjunto, en tanto punto fundamental en la agenda de la Modernidad, como anota con justeza Aníbal Quijano.[2]

 

En concreto, a lo largo y ancho del planeta, las sociedades fueron y continúan siendo reordenadas para adaptarse al “desarrollo”. El desarrollo se transformó en el destino común de la humanidad, una obligación innegociable. Y cuando los problemas comenzaron a minar nuestra fe en el desarrollo, empezamos a buscar alternativas de desarrollo, le pusimos apellidos para diferenciarlo de lo que nos incomodaba, pero seguimos por la misma la senda: desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo local, desarrollo rural, desarrollo sostenible o sustentable, ecodesarrollo, desarrollo a escala humana, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo con equidad de género, codesarrollo, etnodesarrollo, desarrollo global… desarrollo al fin y al cabo.

 

Es por esto que los conceptos se llegan a confundir. Desde fines de los años noventa, con el aparecimiento de la teoría del socialismo del siglo XXI, que llevada a la práctica gubernamental, no fue más que un burdo proceso de renovación del capital, la idea de progreso, por ejemplo, vino acompañada de una destrucción social y ecológica. Hoy, se ahonda en la modalidad extractiva de producción, heredada desde la colonia, con un aperturismo exacerbado hacia la megaminería o la explotación petrolera, sin perder de vista a los transgénicos y los agrocombustibles. Este proceso que se podría llamar, sin temor a equivocarnos, extractivismo del siglo XXI, es la línea de acción, en América Latina, de los gobiernos progresistas. Hay algunas diferencias con el extractivismo de los gobiernos neoliberales, en la medida que el Estado tiene una major injerencia en la gestión de estas actividades extractivas y en la participación de la renta minera o petrolera, pero que a la postre no alteran la esencia de la modalidad de acumulación extractivista.

 

De hecho, poco a poco se cayó en cuenta que el tema no era tan simple como aceptar una u otra senda hacia el desarrollo. Los caminos hacia el desarrollo no eran el problema mayor. La dificultad radica en el concepto mismo del desarrollo. El mundo vive un “mal desarrollo” generalizado, incluyendo los considerados como países industrializados, es decir los países cuyo estilo de vida debía servir como faro referencial para los países “atrasados”. Eso no es todo. El funcionamiento del sistema mundial contemporáneo es “maldesarrollador”, como anota con claridad José María Tortosa (2011).[3]

 

En definitiva, el Buen Vivir es diferente. No se trata de aplicar un conjunto de políticas, instrumentos e indicadores para salir del “subdesarrollo” y llegar a aquella deseada condición del “desarrollo”. Una tarea por lo demás inútil. Veamos si no lo acontecido a lo largo de estas últimas décadas, cuando casi todos los países del mundo han intentado seguir ese supuesto único recorrido. ¿Cuántos lo han logrado? Muy pocos, asumiendo que la meta buscada puede ser considerada como desarrollo.

 

En suma, es urgente disolver el tradicional concepto de progreso en su deriva productivista y de desarrollo en tanto dirección única, sobre todo en su visión mecanicista de crecimiento económico, así como sus múltiples sinónimos. Pero no solo se trata de disolverlos, se requiere una visión diferente, mucho más rica en contenidos y en dificultades.

 

Bajo algunos saberes indígenas no existe una idea análoga a la de desarrollo, lo que lleva a que en muchos casos se rechace esa idea. No existe la concepción de un proceso lineal de la vida que establezca un estado anterior y posterior, a saber, de subdesarrollo y desarrollo; dicotomía por la que deben transitar las personas para la consecución del bienestar, como ocurre en el mundo occidental. Tampoco existen conceptos de riqueza y pobreza determinados por la acumulación y la carencia de bienes materiales.

 

El Buen Vivir asoma, entonces, como una categoría en permanente construcción y reproducción. En tanto planteamiento holístico, es preciso comprender la diversidad de elementos a los que están condicionadas las acciones humanas que propician el Buen Vivir, como son el conocimiento, los códigos de conducta ética y espiritual en la relación con el entorno, los valores humanos, la visión de futuro, entre otros. El Buen Vivir, en definitiva, constituye una categoría central de la filosofía de la vida de las sociedades indígenas.

 

Hacia un reencuentro con la Naturaleza

 

La acumulación material –mecanicista e interminable de bienes– asumida como progreso, no tiene futuro, nos recuerda Eduardo Gudynas (2009)[4]. Los límites de los estilos de vida sustentados en la visión ideológica del progreso antropocéntrico son cada vez más notables y preocupantes. Si queremos que la capacidad de absorción y resilencia de la Tierra no colapse, debemos dejar de ver a los recursos naturales como una condición para el crecimiento. Y por cierto debemos aceptar que lo humano se realiza en comunidad, con y en función de otros seres humanos, como parte integrante de la Naturaleza, sin pretender dominarla.

 

Desde los albores de la Humanidad el miedo a los impredecibles elementos de la Naturaleza estuvo presente en la vida de los seres humanos. Poco a poco la ancestral y difícil lucha por sobrevivir se fue transformando en un desesperado esfuerzo por dominar la Naturaleza. Paulatinamente el ser humano, con sus formas de organización social antropocéntricas, se puso figurativamente hablando por fuera de la Naturaleza. Se llegó a definir la Naturaleza sin considerar a la Humanidad como parte integral de la misma. Y con esto quedó expedita la vía para dominarla y manipularla, sobre todo en la civilización capitalista.

 

Frente a esta añeja visión de dominación y explotación, sostenida en el divorcio profundo de la economía y la Naturaleza, causante de crecientes problemas globales, han surgido varias voces de alerta. El punto es claro, la Naturaleza no es infinita, tiene límites y estos límites están siendo superados.

 

La crisis provocada por la superación de los límites de la Naturaleza conlleva necesariamente a cuestionar la institucionalidad y la organización sociopolítica. No hacerlo amplificaría aún más las tendencias excluyentes y autoritarias, así como las desigualdades e inequidades tan propias del sistema capitalista.

 

La tarea parece simple, pero es en extremo compleja. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro. Para lograr esta transformación civilizatoria, una de las tareas iniciales radica en la desmercantilización de la Naturaleza. Los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana procurando asegurar la calidad en la vida de las personas. Y esto se logra con verdaderos procesos de redistribución del ingreso y de la riqueza.

 

Uno de los pasos concretos, luego de las reflexiones anteriores, fue el dado en la Asamblea Constituyente de Montecristi en Ecuador, al otorgarle derechos a la Naturaleza. Esto ubica con claridad por dónde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización de la sociedad, si realmente pretende ser una opción de vida, en tanto respeta y convive dentro de la Naturaleza.

 

En dicha Constitución, aprobada el año 2008, al sumar a la Naturaleza como sujeto de derechos, y al otorgarle el derecho a ser restaurada cuando ha sido destruida, se estableció un hito en la historia de la Humanidad. La restauración difiere de la reparación que es un recurso para los seres humanos, cuyas condiciones de vida puedan verse afectadas por algún deterioro ambiental provocado por otros seres humanos. Por igual trascendente fue la incorporación del término Pacha Mama, como sinónimo de Naturaleza, en tanto reconocimiento de plurinacionalidad e interculturalidad. Y por cierto fue trascendente la aceptación del agua como un Derechos Humano fundamental, no simplemente el acceso al agua; con lo cual se prohibió toda forma de privatización del agua.

 

A lo largo de la historia, cada ampliación de los derechos fue anteriormente impensable. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron una vez rechazadas por ser consideradas como un absurdo. Se ha requerido que se reconozca el derecho de tener derechos y esto se ha conseguido siempre con una intensa lucha política para cambiar aquellas leyes que negaban esos derechos.

 

La liberación de la Naturaleza de esta condición de sujeto sin derechos o de simple objeto de propiedad, exigió y exige, entonces, un esfuerzo político que le reconozca como sujeto de derechos. Este aspecto es fundamental si aceptamos que todos los seres vivos tiene el mismo valor ontológico, lo que no implica que todos sean idénticos. Lo central de los Derechos de la Naturaleza es rescatar el derecho a la existencia de los propios seres humanos.

 

Por cierto que en este punto habría que relievar todos los aportes y las luchas desde el mundo indígena, en donde la Pacha Mama es parte consustancial de sus vidas. Pero igualmente, y esto también es importante, hay razones científicas que consideran a la Tierra como un súper organismo vivo. Este súper organismo extremadamente complejo, requiere de cuidados y debe ser fortalecido, es sujeto de dignidad y portador de derechos, porque todo lo que vive tiene un valor intrínseco, tenga o no uso humano. Incluso hay razones cosmológicas que asumen a la tierra y a la vida como momentos del vasto proceso de evolución del Universo. La vida humana es, entonces, un momento de la vida. Y para que esa vida pueda existir y reproducirse necesita de todas las precondiciones que le permitan subsistir. En todas estas visiones aflora como eje fundamental el principio indígena de la relacionalidad: todo tiene que ver con todo, en todos los puntos y en todas las circunstancias.

 

Entonces, lo que urge es caminar hacia Declaración Universal de los Derechos de la Naturaleza, como punto de partida para empezar a reconstruir relaciones armoniosas de los seres humanos con su Madre Tierra.

 

Los elementos de una economía solidaria y sustentable

 

Esta demanda civilizatoria exige otra economía. Una economía sustentada en otros principios que los capitalistas. Se requieren principios fundacionales como los de solidaridad y sustentabilidad, a más de reciprocidad, complementariedad, responsabilidad, integralidad, relacionalidad, suficiencia (y de alguna manera también eficiencia), diversidad cultural e identidad, equidades, y por cierto siempre más democracia, nunca menos.

 

A partir de la aceptación de que una economía se sustente en la solidaridad y en la sustentabilidad, para mencionar apenas dos de los principios señalados en el párrafo anterior, se busca la construcción de otro tipo de relaciones de producción, de intercambio, de consumo, de cooperación y también de acumulación y de distribución del ingreso y la riqueza.

En el ámbito económico se requiere incorporar criterios de suficiencia antes que sostener la lógica de la eficiencia entendida como la acumulación material cada vez más acelerada, frente a la cual claudica incluso la democracia. De allí se desprende una indispensable crítica al fetiche del crecimiento económico, que es apenas un medio, no un fin.

 

Esto plantea también, como meta utópica, la construcción de relaciones armoniosas de la colectividad y no solo de individualidades entre sí; y, de estas con la Naturaleza. La actual meta de sociedades afincadas en la competitividad, lo sabemos muy bien, nos mueven hacia una cacotopía, es decir hacia una utopía negativa.

 

El objetivo final es construir un sistema económico sobre bases comunitarias y orientadas por la reciprocidad. Simultáneamente, esta economía solidaria debe ser sustentable. Es decir debe asegurar desde el inicio y en todo momento procesos económicos respetuosos de los ciclos ecológicos, que puedan mantenerse en el tiempo, sin ayuda externa y sin que se produzca una escasez crítica de los recursos existentes.

 

Para lograr este objetivo múltiple será preciso transitar por sendas que permitan ir dejando atrás paulatinamente las lógicas de devastación social y ambiental dominantes en la actualidad. El mayor desafío de las transiciones[5] se encuentra en superar aquellos patrones culturales asumidos por la mayoría de la población que apuntan hacia una permanente y mayor acumulación de bienes materiales. Una situación que, como bien sabemos, no asegura necesariamente un creciente bienestar de todos los individuos y las colectividades. Tenemos a mano la sólida demostración de que un incremento del ingreso per cápita no ha mejorado los índices de felicidad en varias décadas en los Estados Unidos y en muchos otros países considerados como desarrollados.

 

De todas maneras, la combinación de los diversos factores de producción en función de las demandas del capital, para asegurar un mayor crecimiento económico y quizás también bienestar, sin preocuparse por la solidaridad y la sustentabilidad, en función de la acumulación del capital, ha sido y es todavía la principal preocupación de los economistas ortodoxos. Y si esto es así, esa aceptación ha permeado en amplios segmentos de la población que la asumen como una realidad indiscutible.

 

Con el fin de enfrentar esta economía ortodoxa, en cualquiera de sus versiones, hay que dar paso a una gran transformación (en palabras de Carlos Marx diríamos revolución). No solo hay que consumir mejor y en algunos casos menos, sino que debemos obtener mejores resultados con menos, en términos de mejorar la calidad de vida. Aquí puede incorporarse muchas visiones no solo provenientes de los pueblos y nacionalidades indígenas, sino de otras latitudes, como la propuesta de “sobriedad feliz” de Pierre Rabhi (2013)[6]. También son oportunas las reflexiones de la Academia para Economía Solidaria cuando hablan de la suficiencia.[7]

 

En definitiva, hay que construir otra lógica económica, que no radique en la ampliación permanente del consumo en función de la acumulación de capital. En consecuencia, esta nueva propuesta económica, que deberá enfrentar poderosos intereses de todo tipo, tiene que consolidarse particularmente superando el consumismo e inclusive el productivismo sobre bases de creciente autodependencia comunitaria en todos los ámbitos. No se trata de minimizar la importancia que tiene el Estado, pero sí de ubicarlo en su verdadera dimensión, es decir asumiendo sus limitaciones y repensándolo desde lo comunitario.[8]

 

Una nueva economía implica superar el fetiche del mercado, frente al que muchas personas bajan la cabeza: el mercado habla, el mercado reacciona, el mercado protesta, el mercado siente… Lo grave de subordinar el Estado al mercado, conduce a subordinar la sociedad a las relaciones mercantiles y al individualismo ególatra.

 

Si bien el mercado total no es la solución, tampoco lo es el Estado por sí solo. Tengamos presente, como un aspecto medular, que no todos los actores de la economía actúan movidos por el lucro. Y que tampoco la burocracia estatal puede suplantar las expresiones de las comunidades, en tanto ella no garantiza la participación popular en la toma de decisiones, ni el control democrático.

 

Eso nos lleva a comprender que en una economía solidaria, como parte de una sociedad plenamente democrática, no puede haber formas de propiedad capitalista, y tampoco la empresa pública o estatal puede totalizar la economía, al considerársela como la forma de propiedad principal y dominante. Hay otras formas de propiedad y organización en una economía solidaria: cooperativas de ahorro y crédito, de producción, de consumo, de vivienda y de servicios, así como mutuales de diverso tipo, asociaciones de productores y comercializadores, organizaciones comunitarias, unidades económicas populares o empresas autogestionarias, por ejemplo. Y en este universo habrá que incorporar a una gran multiplicidad de organizaciones de la sociedad civil, que pueden acompañar e incluso ser la base de una transformación que no se improvisa.

 

Esta economía solidaria y sustentable, entonces, parte de una marcada heterogeneidad de formas de propiedad y de producción. Desde donde, en un proceso programado de transiciones múltiples y que será de largo aliento, se deberán ir construyendo otras relaciones de producción y de control de la economía. El Estado tendrá un importante papel y por cierto también los mercados. La organización económica podría ser repensada, al menos inicialmente, desde la visión de economías socialistas de mercado, que de ninguna manera podrán seguir por la senda de la mercantilización generalizada tan propia del capitalismo.

 

Y el objetivo de esta nueva economía, ya desde la fase de transición, será impulsar la satisfacción de las necesidades actuales sin comprometer las posibilidades de las generaciones futuras en condiciones que aseguren relaciones cada vez más armoniosas de los seres humanos consigo mismo, de los seres humanos con sus congéneres y de los seres humanos con la Naturaleza. Este es uno de los puntos medulares del Buen Vivir o sumak kawsay.

 

Ya no se trata solamente de defender la fuerza de trabajo y de recuperar el tiempo de trabajo excedente para los trabajadores, es decir de oponerse a la explotación de la fuerza de trabajo. Eso es muy importante. Vital. Pero hay algo más. En juego está la defensa de la vida misma. Esto nos conmina a superar esquemas organizativos de privilegios antropocéntricos, causantes de la mayores desigualdades y, además, de la destrucción del planeta por la vía de la depredación y la degradación ambientales; situación exacerbada en el capitalismo. Así, los objetivos económicos, subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, deben conciliarse con el respeto a la dignidad humana y la mejoría de la calidad de vida de las personas, las familias y las comunidades. De ninguna forma se puede sacrificar la Naturaleza y su diversidad. Hay que entender en la práctica que el ser humano forma parte de la Naturaleza y que no puede dominarla, mercantilizarla, privatizarla, destruirla.

 

El punto se centra en la aceptación de que la Naturaleza tiene límites que las economías no deben sobrepasar. El cambio climático, resultado del sobreconsumo energético, es una evidencia incontrastable. El pensamiento funcional se limita a hacer de “los bienes” y “servicios ambientales” simples elementos transables, a través de la dotación de derechos de propiedad sobre estas funciones. Una situación que se produce debido a la generalización de un comportamiento egoísta y cortoplacista, incapaz de reconocer que un recurso tiene un límite o umbral antes de colapsar.

 

Por otro lado, no solo que están los límites ambientales. Hay otro punto crucial: el crecimiento económico, provocado por la voracidad del capital, que acumula produciendo y especulando, se da sobre bases de creciente inequidad estructural. Basta ver algunas cifras de la inequitativa distribución de la riqueza a nivel mundial: Las 85 personas más ricas del mundo tienen tanto como la mitad más pobre de la población mundial: 1700 millones de habitantes, según un reporte de la Oxfam (2014)[9]. Según dicho reporte, el 1% de la población más rica acapara casi la mitad de la riqueza mundial. Revisar las cifras de la inequidad en Alemania, el país de “los inventores” de la tan promocionada economía social de mercado, resulta por igual aleccionador: en el año 2008, el 10% más rico de la población alemana poseía el 53% de los activos, mientras que la mitad de la población es propietaria de un 1% de los activos (Revista Der Spiegel N° 19, 2014).

 

Está claro, entonces, que la organización misma de la economía debe cambiar de manera profunda. Este es quizás uno de los mayores retos. El crecimiento económico, transformado en un fetiche al cual rinden pleitesía los poderes del mundo y amplios segmentos de la población, debe ser desenmascarado y desarmado. Igualmente se precisa desmontar la lógica extractiva que hunde nuestras economías en la dependencia. Algo fácil de decir, pero difícil de hacer al margen del consenso y participación popular.

 

El camino de salida de una economía extractiva, por ejemplo, que tendrá que arrastrar por un tiempo algunas actividades de este tipo, debe considerar un punto clave: el decrecimiento planificado del extractivismo. La opción potencia actividades sustentables, que podrían darse en el ámbito de las manufactureras, la agricultura, el turismo, sobre todo el conocimiento… En definitiva, no se debe deteriorar más la Naturaleza. El éxito de este tipo de estrategias para procesar una transición social, económica, cultural, ecológica, dependerá de su coherencia y, sobre todo, del grado de respaldo social que tenga.

 

Al revisar la literatura disponible se observa que no existe un consenso específico de las diferentes conceptualizaciones de las prácticas económicas y sociales de las comunidades indígenas. Estas se hacen presentes en diferentes formas. Difieren desde el cotidiano vivir y desde los distintos territorios. Lo que interesa es que en sus raíces conllevan la idea principal y muy arraigada sobre la reciprocidad entre seres humanos que forman parte integral de la Pacha Mama.

 

En consecuencia, esta nueva economía deberá ser repensada desde una visión holística y sistémica, plasmada en los Derechos Humanos y en los Derechos de la Naturaleza.

 

El autocentramiento en la base de las transiciones

 

Las transiciones, en tanto rutas hacia una nueva civilización, deben ser pensadas especialmente desde las nociones de autocentramiento. No solo hay el ámbito estratégico nacional. Hay otros ámbitos estratégicos, desde lo local hasta lo global. En esta aproximación las dimensiones locales quedan muy bien situadas. Esto implica una estrategia de organización de la política y de la economía que se construye desde abajo y desde dentro, desde lo comunitario y solidario; en donde, por ejemplo, cobran fuerza aquellas propuestas productivas que surgen desde el seno de los barrios y de las comunidades campesinas.

 

Realizar el autocentramiento implica decisiones políticas colectivas que pueden darse siguiendo un camino gradual, empezando desde abajo: desde la región o regiones con relación al país y luego del país con respecto al mercado mundial. Este empeño será mucho más fácil si se cuenta con el respaldo del gobierno central y también si hay una estrategia de integración regional autónoma, es decir que no esté normada por las demandas del capital transnacional.[10]

 

El fundamento básico de la vía autocentrada es el desarrollo de las fuerzas productivas endógenas, incluyendo capacidades humanas y recursos productivos locales y el correspondiente control de la acumulación y centramiento de los patrones de consumo. Todo esto debe venir acompañado de un proceso político de participación plena, de tal manera que (sobre todo en los países en donde el gobierno central no está sintonizado con esta visión) se construyan “contrapoderes” (económico y político) que puedan impulsar paulatinamente las transformaciones a nivel del país.

 

Esto implica ir gestando, desde lo local, espacios de poder real en lo político, en lo económico y en lo cultural. A partir de ellos se podrán forjar los embriones de una nueva institucionalidad estatal, así como también diseñar y construir una renovada lógica de mercado, en el marco de una nueva convivencia social. Estos núcleos de acción servirán de base para la estrategia colectiva que debe construir un proyecto de vida en común, que no podrá ser una visión abstracta que descuide a los sujetos y a las relaciones presentes, reconociéndolos tal como son hoy y no como queremos que sean mañana.

 

Una propuesta de transición desde el autocentramiento –desde el punto de vista económico– prioriza el mercado interno. Esto, sin embargo, no significa, por ejemplo, volver al modelo de “sustitución de importaciones” de antaño, que procuró beneficiar y de hecho favoreció a los capitalistas locales, con la expectativa de fomentar o fortalecer una inexistente “burguesía nacional”. En el marco del autocentramiento, el mercado interno quiere decir mercados heterogéneos y diversos, así como también mercado de masas. En este último predominará el vivir con lo nuestro y para los nuestros, vinculando al campo con la ciudad, lo rural y lo urbano, para desde allí evaluar las posibilidades de reinsertarse en la economía mundial, definiendo en qué campos es conveniente hacerlo.[11]

 

No es posible desarrollar proyectos económicos, sin involucrar activamente a la población en el diseño y gestión de los mismos. Simultáneamente es necesario fomentar la creación y fortalecimiento de unidades de producción autogestionarias, asociativas, cooperativas o comunitarias (desde las familias, pasando por las “microempresas” a nivel local, hasta llegar a los proyectos regionales). Esta propuesta exige imperiosamente el fortalecimiento de estos espacios comunitarios. Así, para mencionar un ejemplo, los productores agrícolas deberían formar asociaciones que les permitan manejar temas clave de manera conjunta, como son el procesamiento comunitario de sus productos, el acceso también comunitario a mercados, así como a los créditos, las tecnologías, la capacitación, entre otras.

 

Hay que crear, por igual, las condiciones para propiciar la producción de (nuevos) bienes y servicios, sobre la base de tecnologías adaptadas y autóctonas. Esta política debe favorecer a empresas colectivas, familiares o incluso individuales, pero sin dar paso al surgimiento y consolidación de estructuras oligopólicas y menos aún monopólicas. Estos bienes y servicios deben estar acordes con las necesidades axiológicas y existenciales[12] de los propios actores del cambio, a fin de estimular el aprendizaje directo, la difusión y el uso pleno de las habilidades, la motivación para la comprensión de los fenómenos y para la creación autónoma.

 

En lo social la transición propone la revalorización de las identidades culturales y el criterio autónomo de las poblaciones locales, la interacción e integración entre movimientos populares y la incorporación económica y social de las poblaciones. Estas deben dejar su papel pasivo en el uso de bienes y servicios colectivos y convertirse en propulsoras autónomas de los servicios de salud, educación, transporte, entre otros, nuevamente impulsados coordinada y consensuadamente desde la escala local-regional.

 

Estos procesos demandan el cambio de los patrones tecnológicos para recuperar e incentivar alternativas locales, sin negar los valiosos aportes tecnológicos que pueden provenir del exterior, especialmente de las llamadas tecnologías intermedias y limpias. Hay que entender que gran parte de las capacidades y conocimientos locales están en manos de comunidades y pueblos dentro de nuestros países, que por decisión, por tradición o por marginación, se han mantenido fuera del patrón tecnológico occidental. En estos segmentos del aparato productivo, muchas veces marginalizados, se utilizan e inventan opciones para facilitar el trabajo productivo y el consumo de productos locales, artesanales y orgánicos.

 

Muchas prácticas tradicionales tienen tal grado de solidez, que el paso del tiempo parecería solo afectarlas en lo accesorio y no en lo profundo. Además, si se observa con detenimiento hay respuestas productivas, como son las existentes en la agricultura orgánica, que tienen mejores rendimientos económicos en términos amplios que las promocionadas actividades convencionales. La construcción de un nuevo patrón tecnológico demanda rescatar, desarrollar, o adaptar nuevas y viejas tecnologías, que para ser liberadoras no deberán generar nuevos modelos de dependencia (a través de los transgénicos, por ejemplo), deberán ser de libre circulación y de bajo consumo de energía, así como de reducidas emisiones de CO2, muy poco contaminantes, al tiempo que aseguran la creación de abundantes puestos de trabajo de calidad.

 

Lo interesante en este momento es reconocer que nadie tiene una receta concluida de cómo hacerlo. Eso, lejos de ser un motivo de preocupación, debe alentarnos. Solo entre todos y todas podremos encontrar las alternativas necesarias. La lista de proyectos e iniciativas exitosas, sustentadas sobre las bases de una economía solidaria y sustentable, a lo largo del planeta, es enorme. Hay que abrir todos los espacios y canales posibles para difundir estas propuestas, así como los procesos puestos en marcha y los resultados obtenidos.

 

Es indispensable tener presente que un proyecto de organización social y productiva, sustentado en la dignidad y la armonía, en tanto propuesta emancipadora, demanda una revisión del estilo de vida vigente, sobre todo a nivel de las élites y que sirve de marco orientador (inalcanzable) para la mayoría de la población en el planeta. Igualmente habrá que procesar, sobre cimientos de equidades reales, la reducción del tiempo de trabajo y su redistribución, así como la redefinición colectiva de las necesidades axiológicas y existenciales del ser humano en función de satisfactores singulares y sinérgicos[13] ajustados a las disponibilidades de la economía y la Naturaleza.

 

Más temprano que tarde, tendrá que darse prioridad a una situación de suficiencia, en tanto se busque lo que sea bastante en función de lo que realmente se necesita, antes que una siempre mayor eficiencia sostenida sobre bases de una incontrolada competitividad y un desbocado consumismo, que ponen en riesgo las bases mismas de la sociedad y de la sustentabilidad ambiental. Este proyecto de vida –Buen Vivir– no es sinónimo de opulencia y tampoco puede darse a costa del mal vivir de nadie.

 

Esta transición económica, por cierto, debería hacerse extensiva a todas aquellas formas de producción, como la extractiva, que sostienen las bases materiales del capitalismo y que ponen en riesgo la vida misma. Los países productores y exportadores de materias primas, es decir de Naturaleza, insertos como tales sumisamente en el mercado mundial, son funcionales al sistema de acumulación capitalista global y son también indirecta o aun directamente causantes de los problemas ambientales globales.

 

Finalmente, en lo político, tales procesos contribuirían a la conformación y fortalecimiento de instituciones representativas y al desarrollo de una cultura democrática y de participación. En este sentido habrá que fortalecer los procesos asamblearios propios de los espacios comunitarios.

 

Al rescate o construcción de otras lógicas económicas

 

En esta otra economía, el punto de partida es el ser humano. Así él debe ser el centro de la atención y es su factor fundamental, pero siempre integrado como parte de la Naturaleza.

 

Si el ser humano es el eje de esta otra economía, el trabajo es su sostén. Esto plantea el reconocimiento en igualdad de condiciones de todas las formas de trabajo, productivo y reproductivo. El mundo del trabajo forma parte fundamental de la economía solidaria, entendida también como “la economía del trabajo” (Coraggio).

 

El trabajo, entonces, es un derecho y un deber social. Por lo tanto ninguna forma de desempleo o subempleo puede ser tolerada. No se trata simplemente de producir más, sino de producir para vivir bien. Puestas las cosas en su debido orden, el trabajo contribuirá a la dignificación de la persona. Habrá que asumir al trabajo como espacio de libertad y de goce. Y en este contexto, tal como se anotó antes, habrá incluso que pensar también en un proceso de distribución del trabajo, que cada vez es más escaso; proceso que vendrá atado, por cierto, con una nueva forma de organizar la economía y la sociedad misma.

 

Por igual habrá que fortalecer los esquemas de auto y cogestión en todo tipo de empresas, para que los trabajadores y las trabajadoras decidan en la conducción de sus diversas unidades productivas.

 

Para empezar una acción transformadora hay que reconocer que en las economías capitalistas lo popular y solidario convive y compite con la economía capitalista y con la economía pública.

 

Este sector está compuesto por el conjunto de formas de organización económica-social en las que sus integrantes, colectiva o individualmente, desarrollan procesos de producción, intercambio, comercialización, financiamiento y consumo de bienes y servicios. Estas formas de organización económica solidaria incluyen en el sector productivo y comercial cooperativas, asociaciones y organizaciones comunitarias, así como diversos tipos de unidades económicas populares. A estas se suman las organizaciones del sector financiero popular y solidario, que tienen a las cooperativas de ahorro y crédito como uno de sus principales pilares, así como a las cajas solidarias y de ahorro y los bancos comunales. Inclusive habría que rescatar valiosas experiencias con dineros alternativos, controlados por las comunidades, que han servido no solo para resolver problemas en épocas de crisis agudas, sino que han sido de enorme utilidad para descubrir y potenciar las capacidades locales existentes.

 

Estas organizaciones sustentan (no siempre) sus actividades en relaciones de solidaridad, cooperación y reciprocidad y ubican al ser humano como sujeto y fin de toda actividad económica por sobre el lucro, la competencia y la acumulación de capital. Desde esa lógica económica se debe romper con toda forma de paternalismo, asistencialismo o clientelismo, por un lado, y por otro, con toda forma de concentración y acaparamiento; prácticas que han dominado la historia de la región: migajas para el pueblo y la gran torta para las minorías.

 

Aquí lo que cuenta, además, es que el ser humano debe vivir en armonía con la Naturaleza, buscando, individual y comunitariamente, la construcción de una vida sustentable en dignidad.

 

El Estado tiene mucho que hacer en este campo. Por ejemplo, invertir en infraestructura y generar las condiciones que dinamicen a los pequeños y medianos productores, reconociendo que son grupos con una enorme productividad del capital. Un pequeño productor con una pequeña inversión le saca mucho más rédito a la unidad monetaria invertida que la unidad monetaria que invierten los grandes grupos de capital. El problema de ese pequeño productor es que no tiene capacidad de acumular. Gana muy poco y vive en condiciones de inmediatez económica, subordinado muchas veces al gran capital. Con frecuencia tampoco tiene una adecuada preparación profesional y formación técnica,  dado que el Estado no se ha preocupado en materia de capacitación para la adecuada gestión de este sector productivo.

 

Igualmente, hay que favorecer la cooperación interempresarial de estas empresas de propiedad social, en lo que se denominan “distritos industriales populares”. Experiencias existen en muchas partes. Lo que toca es profundizar y ampliar este tipo de prácticas, para que cada vez más empresas compartan costos fijos (maquinaria, edificios, equipo, tecnologías, entre otros) y aprovechen así economías de escala, lo que les aseguraría una mayor productividad. (Supervisando, por cierto, que se produzca sin afectar al ambiente o sobre la base de la explotación inmisericorde de la mano de obra.)

 

Por ello se vuelve impostergable una reconversión de la matriz productiva. Esta decisión, en los países productores y exportadores de materias primas exige el ejercicio soberano sobre la economía, la desprimarización de su estructura, el fomento y la inversión para la innovación científico-tecnológica estrechamente vinculada al nuevo aparato productivo (y no en guetos de sabios), la inclusión social, la capacitación laboral y la generación de empleo abundante y bien remunerado. Este último punto es crucial para evitar el subempleo, la desigual distribución del ingreso, el desangre demográfico que representa la migración, entre otras patologías inherentes al actual modelo primario-exportador de acumulación.

 

De eso se trata cuando se plantean estrategias de transición que tendrán que ser necesariamente plurales. Teniendo como horizonte la vocación utópica de futuro hay que desplegar acciones concretas para resolver problemas concretos. Y en ese empeño hay que nutrirse de todos los aportes que apunten en dicha dirección, rescatando y potenciando las prácticas y los saberes ancestrales, así como todas aquellas visiones y vivencias sintonizadas con la praxis de la vida armónica y de la vida en plenitud. Lo que interesa es potenciarlas, multiplicarlas y difundirlas.

 

Otro punto fundamental radica en el reconocimiento que esta nueva economía no puede circunscribirse al mundo rural o a los sectores populares urbanos marginados. Uno de los mayores desafíos radica en pensar formas diferentes de organizar la vida para y desde las ciudades, en donde la sustentabilidad está casi siempre ausente y en donde muchas veces los niveles de competencia salvaje son mayores que en el campo. La tarea pasa por repensar las ciudades, rediseñarles y reorganizarlas, al tiempo que se construyen otras relaciones con el mundo rural.

 

Construcción paciente, no improvisación irresponsable

 

Tengamos presente que la Humanidad no es una comunidad de seres agresivos y brutalmente competitivos. Muchos de estos no-valores han sido creados e incluso exacerbados por una civilización como la capitalista que ha favorecido el individualismo, el consumismo y la acumulación agresiva de bienes materiales. Científicamente se ha demostrado la tendencia natural dominante de los humanos y los animales superiores a la cooperación y la asistencia mutua.

 

Entonces, de lo que se trata es de recuperar y fortalecer esos valores y esas instituciones sustentadas en la reciprocidad y solidaridad. Esta tarea empieza en el hogar y en los centros de aprendizaje primario, así como en las diversas instancias de la vida de los seres humanos. No se trata de acciones caritativas en medio de un ambiente de creciente competencia. Lo que se quiere es desarmar ese mundo orientado y conminado a la competencia, para reorientarlo hacia la solidaridad y la sustentabilidad.

 

En esta línea de reflexión, hay que valorar los postulados feministas de una economía orientada al cuidado de la vida, basada en la cooperación, complementariedad, reciprocidad y solidaridad. Estas concepciones son relevantes para las mujeres y para la sociedad en su conjunto, como parte de un proceso de construcción colectiva de una nueva forma de organizar la vida. Exigen nuevos acercamientos feministas en donde se diluciden y se cristalicen los conceptos de autonomía, soberanía, dependencia, reciprocidad y equidad.

 

En los países del Sur global, sobre todo, la soberanía aflora con fuerza, en donde hay varios ámbitos para la acción, como el monetario, el financiero, el energético o el alimentario, para mencionar algunos de ellos.

 

Sin pretender agotar el tema de las soberanías, debe quedar absolutamente claro que la soberanía alimentaria será un pilar fundamental de otra economía, que se sustentará en el derecho que tienen los agricultores a controlar la agricultura y los consumidores a controlar su alimentación. Por lo tanto la atención debe estar dirigida a dar a la alimentación el trato de derecho humano de todo ciudadano y ciudadana. Y esto empieza por erradicar el hambre a través de una verdadera revolución agraria que incorpore los ya mencionados derechos de los productores y de los consumidores.

 

El acceso democrático a la tierra –que es un bien público– es un eje central de la soberanía alimentaria. Esta estrategia demanda respuestas participativas, no burocratizadas; descentralización efectiva, no centralización absorbente; reconocimiento de tecnologías propias y ancestrales, no su marginación. Los campesinos y sus familias serán los actores centrales de este proceso, sobre todo a través de asociaciones de productores, comercializadores y procesadores de alimentos.

 

Tanto el gobierno central como los gobiernos descentralizados deben establecer las políticas adecuadas para fomentar el cultivo ético de la tierra, desprivatizar el agua asegurando la gestión social del riego, establecer adecuados mecanismos de crédito, impulsar tecnologías apropiadas con el medio, fomentar los sistemas de transporte y los mercados justos, promover la refores­tación y cuidar de cuencas hidrográficas mediante tecnologías apropiadas, apoyar los procesos de capacitación de los campesinos, alentar el establecimiento de indus­trias locales para procesar los productos agrícolas.

 

Todo lo expuesto brevemente demanda una política de aprovechamiento de los recursos naturales orientada por la siguiente consigna: transformar antes que transportar, tanto para productos tradicionales de exporta­ción como para la producción de consumo interno.

 

Es fundamental proteger el patrimonio genético, tanto como impedir el ingreso de semillas y cultivos transgénicos para evitar la pérdida de diversidad genética en la agricultura, la contaminación de variedades tradicionales y la aparición de súper plagas y súper malezas. Y por supuesto no se puede tolerar la producción de alimentos para alimentar automóviles y no seres humanos, me refiero a los bio o agrocombustibles.

 

Las finanzas deben cumplir un papel de apoyo al aparato productivo y no ser más simples instrumentos de acumulación y concentración de la riqueza en pocas manos; realidad que alienta la especulación financiera. Se precisa la construcción de una nueva arquitectura financiera, en donde los servicios financieros sean de orden público. Allí las finanzas populares, por ejemplo las cooperativas de ahorro y crédito, deben asumir un papel cada vez más preponderante como promotoras del desarrollo, en paralelo con una banca pública de fomento, como aglutinadora del ahorro interno e impulsadora de economías productivas de características más solidarias. Las instituciones financieras privadas deberán dejar su espacio de predominio a favor de este otro tipo de estructura financiera popular y pública.

 

Esta nueva economía consolida el principio del monopolio público sobre los recursos estratégicos, pero a su vez establece una dinámica de uso y aprovechamiento de esos recursos desde una óptica sustentable. Por igual son necesarios mecanismos de regulación y control en la prestación de los servicios públicos desde la sociedad. Se precisa que la propiedad –privada, comunitaria, pública o estatal– cumpla su función social, tanto como su función ambiental.

 

Los planteamientos expuestos brevemente, que no abordan todos los ámbitos desde donde se debe trabajar esta nueva economía, marcan un derrotero por donde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización y de economía. Quizás convenga rescatar aquí, para concluir estas pocas líneas, como principio rector de este proceso de transición el postulado de Carlos Marx en su crítica al programa de Gotha (1875): “de cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades”. Y todo esto aceptando que los seres humanos formamos parte de la Naturaleza.

 

Estas son palabras que huelen a utopía. De eso mismo se trata. Hay que escribir todos los borradores posibles de una utopía por construir. Una utopía que implica la crítica de la realidad desde los principios plasmados en la filosofía de la vida plena. Una utopía que, al ser un proyecto de vida solidario y sustentable, nos dice lo que debe ser: una opción alternativa colectivamente imaginada, políticamente conquistada y construida, a ser ejecutada por acciones democráticas, en todo momento y circunstancia.

 

Un penúltimo punto

 

En consecuencia, si el Buen Vivir o sumak kawsay abre la puerta para transitar hacia una nueva civilización, se precisa otra economía. Esta no surgirá de la noche a la mañana y menos aún de la mano de caudillos iluminados. Se trata de una construcción paciente y decidida en desmontar varios fetiches y en propiciar cambios radicales.

 

De todo lo anterior podemos concluir en la necesidad de dar paso a los siguientes aspectos:

 

  • Precisamos desarmar “la religión del crecimiento económico”. Es evidente que el crecimiento económico no puede ser el objetivo de una economía. Es más, para algunos menesteres puede incluso resultar contraproducente. Si ya se acepta que el crecimiento económico no es equivalente a desarrollo, con mayor razón eso debe ser válido para la construcción del Buen Vivir o sumak kawsay. Incluso aquí se podría analizar si hay un crecimiento bueno y otro malo; pero, en esencia, se debe aceptar que el crecimiento económico permanente en un mundo finito es una locura.
  • La desmercantilización de la Naturaleza, como parte de un reencuentro consciente con la Pachamama, es un asunto crucial. Los objetivos económicos deben estar subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales, sin perder de vista el respeto a la dignidad humana y procurando asegurar calidad en la vida de las personas. Claro y sin rodeos, la economía debe subordinarse a la ecología. La desmercantilización de la Naturaleza vendrá de la mano de la desmaterialización de los procesos productivos, orientada a una producción más eficiente, capaz de utilizar menos recursos.

Si hablamos de desmercantilización de la Naturaleza debemos hacerlo también para  los bienes comunes, entendidos como aquellos bienes que pertenecen o son de usufructo o son consumidos por un grupo más o menos extenso de individuos o por la sociedad en su conjunto. Estos bienes pueden ser sistemas naturales o sociales, palpables o intangibles (Wikipedia, por ejemplo), distintos entre sí, pero comunes al ser heredados o construidos colectivamente.

 

  • La descentralización es otro de los aspectos medulares de una nueva economía. En muchos ámbitos, como el de la soberanía alimentaria o energética, por ejemplo, se precisan respuestas-acciones más cercanas a la gente. Es decir desde las comunidades habrá que encontrar las respuestas más adecuadas. Está acción está orientada a recuperar el protagonismo y el control de las personas, es decir de las comunidades, en la toma de decisiones, fortaleciendo la participación y los procesos locales.

 

  • La distribución equitativa del ingreso y la redistribución de la riqueza es un paso fundamental para el Buen Vivir. Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, el capital tiene que estar sometido a las demandas de la sociedad humana, que no solo es parte de la Naturaleza, sino que es Naturaleza. Esto exige dar paso a esquemas de profunda redistribución de la riqueza y del poder, así como de construcción de sociedades fundamentadas en equidades en plural. No solo está en juego la cuestión de la lucha de clases, es decir el enfrentamiento capital-trabajo. Está en juego la superación efectiva del concepto de “raza” en tanto elemento configurador de las sociedades dependientes, en donde el racismo es una de sus manifestaciones más crudas. Es tarea fundamental y urgente la superación del patriarcado y del machismo.

 

 

  • La democratización de la economía completa lo anotado anteriormente. Es indispensable que la toma de decisiones en el ámbito económico, en todos los niveles, sea cada vez más participativa y deliberativa. Esto implica asegurar tanto los derechos de los productores como de los consumidores. Deben regir principios de organización social que vayan más allá de los económico crematístico y del utilitarismo convencional.

 

En síntesis, una visión que supere el fetiche del crecimiento económico, que propicie la desmercantilización, la descentralización, la redistribución de la riqueza y del poder son bases para una estrategia de construcción colectiva de otra economía, indispensable para el Buen Vivir o sumak kawsay.

De lo expuesto se puede concluir que el Buen Vivir se aparta de las ideas occidentales convencionales del progreso, y apunta hacia otra concepción de la vida, otorgando una especial atención a la Naturaleza.

 

Queda en claro, por lo tanto, que el Buen Vivir es un concepto plural (mejor sería hablar de “buenos vivires” o “buenos convivires”) que surge especialmente de las comunidades indígenas, sin negar las ventajas tecnológicas del mundo moderno o posibles aportes desde otras culturas y saberes que cuestionan distintos presupuestos de la modernidad dominante. Como plantean los zapatistas, la tarea es construir un mundo donde caben todos los mundos, sin que nadie viva mal para que otro viva mejor.

 

Antes de concluir estas breves reflexiones, cabe descubrir el riesgo que representan aquellas visiones que pretenden diferenciar el Buen Vivir del sumak kawsay, a los que asume como dos paradigmas diferentes (Oviedo Freire, 2014). Es innegable que hay una apropiación, secuestro y domesticación del término por los gobiernos de Ecuador y de Bolivia. Nadie duda que el Buen Vivir gubernamental está desencontrado con el Buen Vivir de origen indígena. Eso explica esa posición separatista entre Buen Vivir y sumak kawsay, como rechazo a esas manipulaciones gubernamentales, pero no la justifica. Eduardo Gudynas (2014), en un artículo en el mismo libro en que aparece la posición de Oviedo Freire, anota que con esta separación “se pierde la pluralidad original y el concurso de las posturas críticas a la Modernidad no-indígena”.Sostener que el Buen Vivir, por definición es desarrollista, y que el sumak kawsay, en consecuencia, es indígena, es una simplificación que no contribuye al debate. Además, esta distinción y separación recluiría las propuestas indígenas en un mundo estrecho y se minimizarían sus enormes potencialidades derivadas para librar una batalla conceptual y política orientada a superar la Modernidad.

 

En síntesis, esta compleja tarea implica aprender desaprendiendo, aprender y reaprender al mismo tiempo. Una tarea que exigirá cada vez más democracia, cada vez más participación y siempre sobre bases de mucho respeto. Nadie puede asumirse como propietario de la verdad.-

 

 


Una bibliografía mínima sobre el tema

 

Acosta, Alberto (2012). Buen Vivir – Sumak Kwasay – Una oportunidad para imaginar otros mundos. Quito: Abya-Yala y (2013) Barcelona: ICARIA.

Dávalos, Pablo (2008). El “Sumak Kawsay” (“Buen vivir”) y las cesuras del desarrollo. En signisalc.org/redes/teologia/files/2009/10/pablo-davalos-2008-sumak-kawsay-y-las-cesuras-del-desarrollo.pdf

Estermann, Josef (2014). Ecosofía andina – Un paradigma alternativo de convivencia cósmica y de vida plena. En Bifurcación del Buen Vivir y el sumak kawsay. Quito: Ediciones SUMAK.

Gudynas, Eduardo (2014). Buen Vivir: sobre secuestros, domesticaciones, rescates y alternativas. En Bifurcación del Buen Vivir y el sumak kawsay. Quito: Ediciones SUMAK.

Gudynas, Eduardo y Acosta, Alberto (2011). “La renovación de la crítica al desarrollo y el buen vivir como alternativa”. En Utopía y Praxis Latinoamericana, Revista Internacional de Filosofía Iberoamericana y Teoría Social 16(53), abril-junio. Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos (CESA) , Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad del Zulia-Venezuela.

Gudynas, Eduardo y Acosta, Alberto (2011). El buen vivir o la disolución de la idea del progreso. En Rojas, Mariano (coord.) La medición del progreso y del bienestar – Propuestas desde América Latina, México: Foro Consultivo Científico y Tecnológico de México.

Hidalgo-Capitán, Antonio Luis; Guillén García, Alejandro y Deleg Guazha, Nancy (2014). Antología del Pensamiento Indigenista Ecuatoriano sobre Sumak Kawsay. Universidad de Cuenca y Universidad de Huelva.

Houtart, Francois (2011). El camino a la Utopía y el bien común de la Humanidad. La Paz: Ruth Casa Editorial.

Houtart, Francois (2011). El concepto del sumak kawsay (Buen Vivir) y su correspondencia con el bien común de la humanidad. Revista Ecuador Debate (84). Quito: CAAP.

Oviedo Freire, Atawallpa (2011). Qué es el sumakawsay – Más allá del socialismo y capitalismo. Quito.

Quijano, Aníbal (2011). ¿Bien vivir?: entre el “desarrollo”y la descolonialidad del poder. Revista Ecuador Debate (84). Quito: CAAP.

Tortosa, José María (2011). Mal desarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial. En Acosta, Alberto y Esperanza Martínez (eds). Serie Debate Constituyente. Quito: Abya-Yala.

Tortosa, José María (2009). Sumak Kawsay, Suma Kamaña, Buen Vivir. Madrid: Fundación Carolina.

Unceta, Koldo (2012). Crecimiento, decrecimiento y Buen Vivir. En varios autores (2012). Construyendo el Buen Vivir. Cuenca: PYDLOS de la Universidad de Cuenca.

Vacacela Quishpe, Rosa C. (2007). Sumac Cusai – Vida en armonía. Quito: Instituto Quichua de Biotecnología Sacha Supai.

Viteri Gualinga, Carlos (2000). Visión indígena del desarrollo en la Amazonía. Quito, (mimeo).

 

 

 

 

[1]Economista ecuatoriano. Profesor e investigador de la FLACSO-Ecuador. Profesor honorario de la universidad Ricardo Palma, Lima Ex-ministro de Energía y Minas. Ex-presidente de la Asamblea Constituyente. Ex-candidato a la Presidencia de la República.

[2] Entre las múltiples obras de Quijano se recomienda: “¿Bien vivir?: entre el “desarrollo” y la descolonialidad del poder”(2011)Revista Ecuador Debate (84), Quito: CAAP; “Des/colonialidad del poder – El horizonte alternativo”(2009), en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds.). Plurinacionalidad – Democracia en la diversidad. Quito: Abya Yala.

[3] Mal desarrollo y mal vivir – Pobreza y violencia escala mundial, en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds), serie Debate Constituyente, Quito: Abya-Yala.

[4] El mandato ecológico – Derechos de la naturaleza y políticas ambientales en la nueva Constitución, en Acosta, Alberto y Martínez, Esperanza (eds.), serie Debate Constituyente, Quito: Abya-Yala.

[5]En la actualidad hay muchos proyectos empeñados en impulsar estas transiciones. Destaco la tarea emprendida por el Grupo Permanente de Trabajo sobre Alternativas al Desarrollo de la Fundación Rosa Luxemburg, que ya ha publicado dos libros Más allá del desarrollo (2011) y Alternativas al capitalismo y colonialismo del siglo XXI (2013). Otro aporte digno de ser mencionado es el libro Transiciones, postextractivismo y alternativas al extractivismo en el Perú de Alejandra Alayza y Eduardo Gudynas (eds.) (2011).

[6] Pierre Rabhi (2013). Hacia la sobriedad feliz. Madrid: Errata Naturae.

[7] Es recomendable el libro de Harald Bender, Norbert Bernholt, Bernd Winkelmann (2012). Kapitalismus und dann? Systemwandel und Perspektiven gesellschaftlicher Transformation. La economía solidaria es motivo de preocupación y razón para el impulso a proyectos concretos en muchos lugares del planeta. Francia, Brasil, Ecuador, Italia, España, etc. Véase al respecto los trabajos de Jean-Lous Laville, Paul Singer, Luiz Inácio Gaiger, José Luis Coraggio (2012) y por supuesto de Luis Razzeto, uno de los mayores estudiosos y propulsores de este asunto. En España se han recopilado una serie de acciones concretas destinadas a construir otra economía desde la vida cotidiana: Alternativas Económicas 33 – Alternativas para vivir de otra manera (2014).

[8] En el mundo andino-amazónico se plantea la construcción de un Estado plurinacional e intercultural, que tendrá que ser ante todo un Estado comunitario.

[9]Gobernar para las élites – Secuestro democrático y desigualdad económica, www.oxfam.org/sites/www.oxfam.org/files/bp-working-for-few-political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf

[10] Como sucede con los ejes multimodales previstos en el IIRSA: “Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana”, que constituye un proyecto para vincular aún más a la región a las demandas de acumulación del capitalismo global.

[11] En este punto, aunque parezca curioso si estamos hablando del Buen Vivir, convendría recuperar la recomendación de John Maynard Keynes (1933): “Yo simpatizo, por lo tanto, con aquellos quienes minimizarían, antes que con quienes maximizarían, el enredo económico entre naciones. Ideas, conocimiento, ciencia, hospitalidad, viajes – esas son las cosas que por su naturaleza deberían ser internacionales. Pero dejen que los bienes sean producidos localmente siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible, y, sobre todo, dejemos que las finanzas sean primordialmente nacionales”.(“Autosuficiencia Nacional”, Revista Ecuador Debate (60), CAAP, Quito, diciembre 2003.)

[12] Manfred Max Neef, Antonio Elizalde, Martín Hopenhayn (1986) nos recuerdan que las necesidades no son infinitas y relativas, sino que son finitas y universales. Ellos nos proponen una matriz que abarca nueve necesidades humanas básicas axiológicas: subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, identidad y libertad; y, cuatro columnas con las necesidades existenciales: ser, tener, hacer y estar. Ver Desarrollo a Escala Humana una opción para el futuro,Centro de Alternativas de Desarrollo.

[13] Ver Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hopenhayn (1986).

 

NOTA: Este texto recoge reflexiones de varios trabajos anteriores del autor.