Sostenibilidad ambiental con justicia social, un reto global

Alberto Acosta[1]

7 de agosto del 2014

 

 

Cuando fui a la escuela, me preguntaron que quería ser de mayor.

Yo respondí: “feliz”. Me dijeron que yo no entendía la pregunta,

y yo les respondí que ellos no entendían la vida.

 

John Lennon

 

 

 

El pensamiento dominante nos conduce a aceptar que es imposible imaginar una economía que no propugne su crecimiento. Además, es común escuchar que las diferencias sociales, a lo largo del planeta, son producto del esfuerzo de unos pocos, mientras que es culpa de la mayoría no haberse sintonizado con el progreso.

 

La realidad, sin embargo, nos dice que superar esas visiones es la gran tarea del momento. Cerrar la puerta a este debate, sería cerrar la puerta a la democracia misma. Y de paso se pondría en riesgo el futuro de la Humanidad sobre la Tierra. En definitiva, es preciso iniciar la discusión reconociendo los límites ecológicos que tiene el ambiente que nos alberga y por igual, cuestionar al sistema de reproducción del capital como base de crecientes inequidades.

 

Los límites de la Naturaleza, aceleradamente desbordados por los estilos de vida antropocéntricos, particularmente exacerbados por las demandas de acumulación del capital, son cada vez más notorios e insostenibles. La injusticia social en el planeta, propia del capitalismo, en tanto civilización de la desigualdad, encuentra múltiples y evidentes rupturas, como las que se experimentan con la creciente e imparable migración de los países del Sur a los EEUU y a la UE.

Es preciso tener claro que el crecimiento de la economía no ha asegurado la felicidad, ni siquiera en los países desarrollados. Igualmente es necesario entender que la riqueza de unos pocos es el producto, muchas veces, de la explotación de la mayoría y de la Naturaleza; esto es evidente a nivel local y global. Es por esto que debemos replantearnos la cuestión del crecimiento económico, para liberarnos de esta atadura que puede concluir en una debacle socioambiental mundial de impredecibles consecuencias.

 

Además es urgente superar una economía sustentada en energéticos fósiles y minerales, cuya extracción depredadora de la vida depende, en gran medida, de las demandas del capital.

 

Por eso, hoy más que nunca, estamos conminados a discernir de manera seria y responsable estas cuestiones. El decrecimiento económico, especialmente en el Norte global, deberá venir de la mano del posextractivismo en el Sur global, en donde se multiplican las luchas de resistencia contra los procesos recolonizadores que impone cada vez con más violencia la globalización capitalista. Este reclamo –para nada nuevo– no implica sostener las actuales desigualdades e inequidades sociales para no afectar el debilitado equilibrio ecológico global, permitiendo que las sociedades acomodadas -mayormente causantes de ese desequilibrio- mantengan sus privilegiados e insostenibles modos de vida.

 

Las desigualdades están a la orden del día en el mundo. Basta ver algunas cifras de la distribución de la riqueza a nivel mundial: las 85 personas más ricas del mundo tienen una riqueza que supera el ingreso anual de la mitad más pobre de la población mundial: 1.700 millones de habitantes, según un reporte de la Oxfam (2014). Según dicho reporte, el 1% de la población más rica acapara casi la mitad de la riqueza mundial. Revisar las cifras de la inequidad en Alemania, el país de los inventores de la tan promocionada “economía social de mercado”, resulta por igual aleccionador: en el año 2008, el 10% más rico de la población alemana poseía el 53% de los activos (Vermögen), mientras que la mitad de la población era propietaria de un 1% de los activos (Revista Der Spiegel 19, 2014).

 

Por lo tanto, urge dar paso a esquemas de profunda redistribución de la riqueza y del poder, como base para la construcción de sociedades fundamentadas en la justicia, la igualdad y en equidades en plural.

 

La tarea, en suma, implica una deconstrucción y reconstrucción de la economía, para que no se destruya la posibilidad de una vida digna de todos los seres humanos en el planeta, sea por razones ambientales o por la creciente violencia social. Si la economía debe subordinarse a los mandatos de la Tierra, la economía tiene que estar sometida a las demandas de la sociedad humana, que es parte de la Naturaleza misma. Este reto precisa otra racionalidad socioambiental capaz de alterar la actual racionalidad económica, para construir procesos de reapropiación de la Naturaleza y reterritorialización de las culturas. En concreto, hay que reorganizar la producción y el consumo. Hay que desengancharse de los engranajes y mecanismos perversos del mercado mundial, sobre todo de sus lógicas especulativas.

 

Esta tarea requiere una nueva ética para organizar la vida misma, una ética sociobiocéntrica. El camino parece simple, pero es en extremo complejo. En lugar de mantener el divorcio entre la Naturaleza y el ser humano, hay que propiciar su reencuentro, algo así como intentar atar el nudo gordiano de la vida roto por la fuerza de una concepción de organización social depredadora y por cierto intolerable.

 

Esto lleva necesariamente a superar esta religión dominante del crecimiento económico y de la acumulación incesante de bienes materiales que está desde hace mucho tiempo –más de quinientos años– nutriendo las bases de la economía capitalista. Hay que salir de la sociedad del crecimiento, ese es el punto.

 

Este dilema no lo vamos a resolver de la noche a la mañana. Hay que dar paso a transiciones a partir de prácticas alternativas existentes en todo el planeta, orientadas por horizontes utópicos que propugnan una vida en armonía entre los seres humanos y de estos con la Naturaleza. Eso nos conmina a caminar hacia una nueva civilización, que demanda otra economía y otra política. Esta no surgirá de la noche a la mañana. Se trata de empezar por desmontar varios fetiches y propiciar cambios radicales, a partir de experiencias existentes.

 

Este es el punto. Contamos con valores, experiencias y prácticas civilizatorias alternativas, como las que ofrece el Buen Vivir o sumak kawsay de las comunidades indígenas andinas y amazónicas. Aunque mejor sería hablar de buenos convivires en plural, para abrir la puerta a una nueva civilización, en línea con aquellas visiones y vivencias sintonizadas con la praxis de la vida armónica y de la vida en plenitud que se desarrollan en todo el mundo.

 

En resumen, como parte de una gran transformación cultural, precisamos de una visión que supere el fetiche del crecimiento económico, que propicie la desmercantilización de la Naturaleza y de los bienes comunes, inclusive del trabajo. En la base de esta nueva economía están la descentralización y el cambio de las estructuras de producción y consumo, la redistribución de la riqueza y del poder. Y esta otra economía necesariamente deberá estar sustentada en la solidaridad, la reciprocidad y, por cierto, la democracia.-

 

 

[1]Economista ecuatoriano (Volkswirt der Uni Köln). Profesor e investigador de la FLACSO-Ecuador. Exministro de Energía y Minas. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República.